Por tierras de Toledo

De Talavera de la Reina a Toledo pasando por: La Puebla de Montalbán, Burujón, San Martín de Montalbán, Navahermosa, Cuerva, Sonseca, Orgaz, Consuegra, Madridejos, Turleque, Tembleque y Mora.

A destacar:

  • La Puebla de Montalbán: El Museo de la Celestina.
  • Burujón: Paisaje natural de Las Barrancas.
  • San Martín de Montalbán: Iglesia visigoda de Santa María de Melque.
  • Cuerva: Iglesia Parroquial del apóstol Santiago.
  • Sonseca: Feria del Mueble.
  • Orgaz: Casco urbano con la iglesia y el castillo del conde.
  • Consuegra: Molinos de Viento.
  • Madrigalejos: Plaza de toros vieja.
  • Turleque: El rollo o picota y la ermita del Cristo del Valle.
  • Tembleque: Plaza Mayor.
  • Mora: Monumento al aceitunero.

DE MONTALBÁN A TURLEQUE

El viajero ha llegado al atardecer. Le suena el nombre del pueblo, pero no recuerda el porqué.  Quizá porque tuvo un compañero de instituto de este pueblo… Pero enseguida sale de dudas al ver por doquier rótulos con un nombre: Fernando de Rojas. Que relaciona con el de La Celestina. En efecto, se trata de La Puebla de Montalbán, tierra natal del autor de la tragedia que tiene como protagonistas a Calixto y Melibea. En una plazoleta observa la estatua del bachiller sobre la tumba que, según rezan las letras de molde, cobija sus cenizas. En el Museo de La Celestina pasa revista a restos históricos del pueblo como un verraco vetón, utensilios y aperos etnográficos y otros objetos y documentos y relacionados con la obra teatral. También es interesante su plaza, lástima que su serena estética se vea empañada por los coches que atiborran el recinto.

En el cercano pueblo de Burujón, sigue una senda ecológica hasta el paraje natural conocido como “Las Barrancas”, una cárcava arcillosa que forma un cortado excavado por los meandros del río Tajo ahora remansado por una presa. Merece la pena la caminata. En su pelado entorno, algunos enebros contrastan su oscuro verdor con el rojizo semblante del paisaje.

Camino de San Martín de Montalbán es obligatoria la visita a la iglesia visigoda tomando una desviación a la izquierda y al castillo de Montalbán a la derecha. Estos muros “de la carrera de la edad cansados” se alzan sobre una inaccesible garganta por donde desfila el río Torcón. Desafiando al tiempo y al espacio,  reflejan lo que otrora debió ser una imponente fortaleza que defendía la frontera con Al Ándalus establecida en el Tajo; los Templarios le darían su configuración actual en su época de mayor esplendor.

Aguas arriba se topa con un enterramiento neolítico siguiendo la senda natural “Fresnos del Torcón” y más al sur con los restos de pequeño y airoso puente de origen romano “La Canasta” para salvar este riachuelo que discurre encajonado entre abruptos canchales. Todo un  repaso a la historia del arte: Neolítico, romano, medieval… Tampoco puede faltar a la cita con el periodo visigodo y se dirige a la interesante iglesia de Santa María de Melque. El pueblo es un reducto de quietud y sosiego que contagia al pasear por sus calles empedradas, sin que nada ni nadie  enturbie la placidez del momento. La noche envuelve el lugar. Es la hora del recogimiento. Mañana será otro día.

En las cercanías de Navahermosa arriba al ruinoso castillo de Dos Hermanas (uno de los más antiguos de la provincia), apenas un despojo sobre uno de los dos riscos entre los que discurre el arroyo Merlín. Cuanta la leyenda que entre sus piedras se encuentran encantadas dos hermosas moras que en la mágica madrugada de san Juan bajan a lavarse en el arroyo. Pero sin otro distintivo digno de consideración, abandona el campante poblachón en busca de otros lugares de más singularidad y encanto.

A Cuerva llega a la hora de comer y se detiene para restaurar las fuerzas en uno de sus afamados mesones. En su monumental iglesia dedicada al apóstol Santiago tienen su panteón los Laso de la Vega, un blasón en uno de sus muros le relata el parentesco de estos con los Figueroa de Feria. Pero como está cerrada a cal y canto no puede contemplar los tesoros que aloja en su interior. Un perro vagabundo sigue al caminante y lo adopta como dueño ofreciéndose a servirle de guía en su recorrido por el pueblo.

Rumbo a Sonseca se topa con la romería de San José en Mazarambroz. Una multitud bulliciosa se divierte al socaire de la música, las encinas y el buen tiempo.

En Sonseca hace parada y fonda, después de visitar el pabellón en que por estas fechas celebra la Feria del Mueble. Sonseca es una pujante y próspera localidad gracias a sus talleres de muebles y tejidos, así como a sus mazapanes. La modernidad sin embargo, ha ahogado el encanto que pudiera tener en otros tiempos. Su monumento más destacado es la iglesia donde permanece una inquietante cruz de los caídos con el escudo de la dictadura escoltado por las insignias falangista y requetés: “Sonseca a sus caídos. Presentes”,  reza la inscripción. Da grima detectar por estos pagos toledanos la añoranza de otros tiempos caracterizados por la falta de libertad ahora que otros pueblos intentan sacudirse la opresión a que se ven sometidos por sus dirigentes. Se nota la mano derecha de Bono y su nacional-socialismo así como la sombra de aquel cardenal primado que aparecía en las bulas de la santa cruzada  su infancia, la cual tenía que pagar religiosamente para ser indultado de la ley de ayuno y abstinencia.

El transeúnte pone pies en polvorosa y se dirige a la vecina población de Orgaz cuyo nombre de noble resonancia promete sensaciones más auténticas y profundas. En el conjunto típicamente manchego de su caserío y calles sobresalen su robusto castillo y su majestuosa iglesia. El castillo del conde de Orgaz permanece cerrado, no así la Iglesia parroquial de santo Tomás Apóstol que puede visitar con detenimiento y admirar sus valores artísticos. Amante de sus tradiciones y herencia cultural, conserva el recuerdo de artesanos como el espartero o el herrero. En una plazoleta podemos contemplar, mientras recorremos su calles empedradas, una estatua conmemorativa del calero, un oficio característico del lugar.

Aprovechando el buen tiempo el caminante emprende en la vecina aldea de Arisgotas la ruta al yacimiento visigodo de los Hitos para disfrutar de la naturaleza y los restos del pasado.

Y a la vista Consuegra y sus molinos alineados en la crestería del cerro Calderico. Con sus aspas orientadas a todos los vientos. Su plaza, su castillo y sus tabernas. Este pueblo alardea, y con razón, de un pasado preñado de historia (la Cosaburum romana) como muestran los restos celtibéricos, romanos y medievales expuestos a la vista del visitante en el museo al que se accede desde su Plaza Mayor. Historia de la que todo buen consaburense se siente orgulloso. En la batalla de Consuegra, moriría el único hijo varón del Cid Campeador, según le relatan. El pueblo es admirado por la llamada crestería manchega, un cerro donde se asienta el castillo escoltado por una docena de molinos de viento con nombres de referencias quijotescas: Rucio, Caballero del Verde Gabán, Mambrino, Sancho, Clavileño… El cerro es conocido con el nombre de Calderico desde donde se divisan buenas panorámicas de la llanura manchega y a cuyo amparo se aposenta el pueblo. El lugar y sus lugareños bien merece que me detenga para visitar sus tabernas y admirar sus maravillas:

Entre las que destaca su paisaje, iglesias, castillo…

Y especialmente, sus molinos de vientos.

Madridejos es el núcleo de población más grande de la zona… Desde la carretera se obtienen unas buenas perspectivas del castillo y los molinos del pueblo vecino. Aquí, a falta de otra cosa digna de consideración, presumen de un singular coso taurino, la plaza de toros vieja que no puede ver porque está en proceso de rehabilitación completamente cercada para impedir el paso a los eventuales curiosos. Situada en la otra punta del pueblo, al viajero, que ya va acusando el cansancio, lo dejan con un palmo de narices después de recorrer de un extremo a otro este poblachón manchego estirado junto a la principal vía que comunica la capital de España con Andalucía. Así que toma el portante, pero en lugar de seguir esta transitada carretera, toma otra local de trazado rectilíneo.

Y si Consuegra tiene molinos de viento, Turleque también, y más modernos: Los del parque eólico de la Sierra de Villacañas cuya silueta se recorta en la lejanía.

Turleque recibe al viajero con este mensaje:

Llegado has a Turleque, 
detente viajero amigo,
que de La Mancha, Turleque,
y de Turleque, su vino.                                   

 

Además de sus caldos, el pueblo está orgulloso del Cristo del Valle y su ermita (con permiso de los de Tembleque en cuyo término se encuentra). Y de su rollo, una picota “asentada sobre unas gradas donde los reos eran expuestos a vergüenza pública, sirviendo así de escarmiento al resto de los vecinos”. Los turlequeños celebran con devoción la romería del Cristo del valle el segundo domingo de mayo.

Turleque tiene un personaje ilustre cuya memoria ensalza una placa en una céntrica casa: “Aquí vivió y murió el insigne prócer Don Mariano Moraleda, etc…” Sí que deber ser importante por estos pagos porque la calle también lleva su nombre. También hay una calle de la tía Rosa, quizá no tan ilustre.

Aunque todo el pueblo parece de mentirijillas. Como el parque a la vera de un río que no existe porque está más seco que el ojo de Inés, con su puente y todo por el que nadie pasa. En el parque hay un molino de pega que no muele, un libro del Quijote sin letras ni hojas, un pozo que no es tal, una fuente sin agua y unos cántaros que no pueden recogerla porque están llenos de tierra. Parece ser que todo el pueblo es de de pega. Por eso al ver pasar un rebaño de ovejas, le pregunta al pastor que si es de verdad o de mentira. El pastor lo mira con extrañeza y se aleja como si hubiera visto al mismísimo diablo.

La noticia se propaga: Una vieja curiosa se asoma con precaución a la puerta y al ver acercarse al loco de la mochila, cierra asustada la puerta…

Todo parece una farsa. Hasta el autobús que se acerca y al advertir la presencia del viajero se para a su altura. El conductor le invita a subir, pero no le hace caso porque no está esperando ningún autobús ni quiere ir a ninguna parte. Entonces se percata que está justo en la marquesina de la parada del pueblo. Una parada de ficción seguramente. Como lo es el coche que pasa. Entonces le entran deseos de comprobarlo, pero se aparta por si acaso. Y es que está loco, pero no tanto.

  De pronto observa una humareda que sale de una casa, no por la chimenea como sería de esperar, sino por el tejado como si hubiera un incendio en su interior. Al observarlo, se aleja de allí no sea que vayan a acusarlo de haber provocado el fuego y lo cuelguen en la picota. Y toma la senda de la ermita del Cristo del Valle.

     Aunque en verdad, la propiedad de la ermita que dista una legua escasa de Turleque, se la arrogan los de Tembleque (que dista cerca de veinte quilómetros) ya que está situada en su término municipal. Lo que ocasiona añejas rencillas, que pueden reavivarse cuando concurren los vecinos de ambas poblaciones durante la romería.

Una carretera recta sobre un paisaje plano como la palma de la mano conduce al viajero hasta el pueblo vecino.

Lo más interesante de Tembleque sin la menor duda es su plaza, nacida según cuentan con fines taurinos y para otros espectáculos festivos: La amplia estancia de forma cuadrada, ha sido ensalzada por todos los que por aquí han pasado. Sobran las palabras. Yo me limito a contemplarla desde sus cuatro esquinas. Y admirarla. Además de la iglesia parroquial, tiene un una esotérica ermita de la Vera Cruz con planta ochavada en el casco urbano, hoy habilitada para biblioteca, y cuyo misterio no puede tan siquiera sospechar porque se encuentra cerrada e inaccesible al viajero.

Y Mora. Aceitunada y mora. El edificio más representativo de Mora es el Ayuntamiento, levantado en el siglo pasado remedando las construcciones musulmanas con arcos de herradura y torreón cilíndrico coronado con cúpula bulbosa, como un guiño y metáfora del nombre de la población. También atrae la atención del visitante el monumento al aceitunero: Está formado por tres figuras que representan a tres generaciones de la misma familia  (hombre, mujer y niña) realizando la faena de la recogida de la aceituna. Desde las ruinas del castillo de Peñas Negras (en restauración) se divisa en la llanada la ciudad olivarera rodeada de extensos campos poblados por el árbol nutricio y emblemático de la zona. Atardece, el sol declina en el horizonte castellano. Una hermosa puesta de sol en la templada tarde primaveral sirve de brillante colofón a este periplo por tierras toledanas. Cae el telón sobre el escenario. Fin del viaje.

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