En Moguer con Platero

ITINERARIO POR EL MOGUER DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ CON LA GUÍA DE “PLATERO Y YO”

© Fotos jjferia

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Desde el Complejo Nazaret donde me alojo se pueden divisar las mejores panorámicas de la población de Moguer. Situada en el paraje de Fuentepiña, declarado bien de interés cultural, tan ligado a la obra de Juan Ramón Jiménez:

“Para septiembre, en las noches de velada, nos poníamos en el cabezo que hay detrás de la casa del huerto, a sentir el pueblo en fiesta desde aquella paz fragante que emanaban los nardos de la alberca” (LXXVI – Los fuegos).

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La casa del huerto (de la Piña) se encuenra muy próxima. Es una pena el estado de abandono y vandalismo en que se encuentra debido a conflicto de intereses sórdidos y mezquinos. Se puede contemplar el pino donde Juan Ramón nos confiesa que enterró a Platero, tal como le prometió en vida para evitar que fuera abandonado en el moridero, allí velado por el maternal amparo de la copuda conífera en un campo salpicado de lirios amarillos junto a la casa encalada y porticada:

“Vive tranquilo, Platero. Yo te enterraré al pie del pino grande y redondo del huerto de la Piña, que a ti tanto te gusta. Estarás al lado de la vida alegre y serena. Los niños jugarán y coserán las niñas en sus sillitas bajas a tu lado. Sabrás los versos que la soledad me traiga”. (XI – El moridero).

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Desde aquí me dirijo al pueblo por a la carretera de Mazagón hasta alcanzar el cruce rotonda para adentrarme en el casco urbano por la calle de la Fuente, la misma que tomaba el poeta de vuelta del huerto. Y que recorría con Platero para esperar a las carretas que regresaban de la romería del Rocío:

“Me lo llevé, guapo y lujoso, a que piropeara a las muchachas por la calle de la Fuente, en cuyos bajos aleros de cal se moría, en una vaga cinta rosa, el vacilante sol de la tarde. Luego nos pusimos en el vallado de los Hornos, desde donde se ve todo el camino de los Llanos”. (XLVII – El Rocío).

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Hacia la mitad de la calle de la Fuente está la bodeguita de los Raposos donde volveré a su hora para comer en esta costumbrista taberna. La calle es relativamente larga y no la dejo hasta llegar al final para torcer por el sinuoso callejón de la Sal, actual calle del Duende que te deja frente a la fachada principal de la iglesia:

“Por el callejón de la Sal, que retuerce su breve estrechez, violeta de cal con sol y cielo azul, hasta la torre, tapa de su fin, negra y desconchada de esta parte del sur por el constante golpe del viento de la mar; lentos, vienen niño y burro” (LIII – Albérchigos).

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De repente me encuentro con la estampa descrita por el poeta al final de la calle hoy conocida como calle del Duende: La rojiza fachada de la iglesia de Moguer con su airosa torre que al poeta le recuerda a la Giralda:

“Ya en la cuesta, la torre del pueblo, coronada de refulgentes azulejos, cobraba, en el levantamiento de la hora pura, un aspecto monumental! Parecía, de cerca, como una Giralda vista de lejos” (XXII – Retorno).

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Entro en el templo, me siento a descansar y enseguida voy admirando las pinturas y esculturas de sus retablos. Ya en plaza de la Iglesia, me detengo ante una escutura que reproduce un episodio de Platero y yo:

Los niños han ido con Platero al arroyo de los chopos, y ahora lo traen trotando, entre juegos sin razón y risas desproporcionadas, todo cargado de flores amarillas” (XXIX – Idilio de Abril).

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Ahora mis pasos me llevan a la plaza del Marqués por la breve calle del Almirante Hernández-Pinzón. Calle y plaza donde abundan bares, cafeterias y terrazas donde el caminante puede descansar y reponer fuerzas. Opto por tomar un café en la confitería La Victoria. Ya en la animada plaza del Marqués me detengo en el centro ante la escultura de Zenobia Camprubí y otro grupo escultórico representando al tío de las vistas, título de un capítulo de la obra que nos sirve de guía:

“En la esquina, una pequeña caja verde con cuatro banderitas rosas, espera sobre su catrecillo, la lente al sol. El viejo toca el tambor. Un grupo de chiquillos sin dinero, las manos en el bolsillo o a la espalda, rodean, mudos, la cajita” (XLIX – El tío de las vistas).

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En esta animada plaza, nuestro autor situa también a la castañera en el pasaje que compara el ojo de “El potro castrado” con puchero de asar las castañas en las brasas:

“Era negro, con tornasoles granas, verdes y azules, todo de plata, como los escarabajos y los cuervos. En sus ojos nuevos rojeaba a veces un fuego vivo, como en el puchero de Ramona, la castañera de la plaza del Marqués” (XV – El potro castrado).

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Seguimos por la céntrica y elegante calle Rascón, hoy calle Burgos y Mazo, hasta la plaza del Cabildo donde se sitúa el Ayuntamiento. Esta plaza está presidida por la estatua sedente del poeta moguereño con un libro en sus manos. En una esquina la figura de Platero consiente y aguanta sin inmutarse el servir de montura a los chavalines mientras sus padres fotografían a las encantadas criaturitas:

“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro” (I – Platero).

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De aquí prosigo el recorrido hacia la calle del Sol, como se llamó tradicionalmente la calle Rábida, donde hubo en otro tiempo un teatro en el lugar que hoy ocupa una fábrica de barriles o toneles de vino, que nos recuerda actividades tradicionales ya en franca regresión. En esta calle vivía Aguedilla a la que Juan Ramón dedica su obra en prosa poética Platero y yo:

“A la memoria de Aguedilla la pobre loca de la calle del Sol que me mandaba moras y claveles” (Platero y yo).

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Una escultura inmoraliza a este entrañable personaje en un rincón de la calle y así lo atestigua uno de los azulejos que marcan la ruta literaria por Moguer con esta inscripción: Aquí vivía Aguedilla, la pobre loca de la calle del Sol, que mandaba al poeta moras y claveles. A ella está dedicado Platero y yo, la suprema elegía andaluza:

“¡Qué hermosa esta granada, Platero! Me la ha mandado Aguedilla, escogida de lo mejor de su arroyo de las Monjas. Ninguna fruta me hace pensar, como ésta, en la frescura del agua que la nutre. Estalla de salud fresca y fuerte. ¿Vamos a comérnosla?” (XCVI – La granada)

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Rodeando el castillo por la calle de San Rafael y la de Santo Domingo llego a la plaza del Castillo. En estado ruinoso, de la fortaleza medieval solo ha resistido el paso del tiempo restos de un torreón y un lienzo de muralla. En la obra que nos va sirviendo de guía hay un capítulo titulado “El castillo”, y en otros abundan alusiones al castillo, como esta cuando un niño le dirige este insulto:  

¡Eese!… ¡… maj tonto que Pinitooo!… ¡Qué daría yo, Platero, por haber hablado una vez sola con Pinito, El pobre murió, según dice la Macaria, de una borrachera, en casa de las Colillas, en la gavia del Castillo, hace ya mucho tiempo, cuando era yo niño aún, como tú ahora, Platero. Pero ¿sería tonto? ¿Cómo, cómo sería?” (XLIV – Pinito).

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De aquí regreso a la plaza del Cabildo y ante el monumento a Juan Ramón frente al Ayuntamiento, recuerdo el improperio del insolente chiquillo dirigido a la persona a quien más le debe el pueblo de Moguer, que por fin ha reconocido el mérito de su hijo más ilustre. Por la calle de Andanlucía se llega a la plaza de las Monjas otro de las áreas varias veces citadas en nuestro libro:

“Voy yo con Platero, lentamente, a un lado cada uno de los poyos de la plaza de las Monjas, solitaria y alegre en esta calurosa tarde de febrero, el temprano ocaso comenzado ya, en un malva diluído en oro, sobre el hospital, cuando de pronto siento que alguien más está con nosotros” (CXXVII – León).

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Tras una visita al monaterio de Santa Clara bordeo por la calle Trasmuro este convento carmelita. Calle que recibe su nombre de la tapia almenada que aisla el monsterio del mundo exterior y donde Platero tiene un brusco tropezón con un borrico perdido que huye de unos arrapiezos que lo persiguen y apedrean:

“Al verlo, Platero hace cuerno, primero, ambas orejas con una sola punta, se las deja luego una en pie y otra descolgada, y se viene a mí, y quiere esconderse en la cuneta, y huir, todo a un tiempo. El burro negro pasa a su lado, le da un rozón, le tira la albarda, lo huele, rebuzna contra el muro del convento y se va trotando, Trasmuro abajo…”  (XXXI – El demonio)

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En la plaza de San Francisco con el convento del mismo nombre como telón de fondo me topo con Darbón, el médico de Platero, como lo llama el creador de la obra, otro entrañable personaje dedicado a curar los achaques de los animales de labor, tan útiles y cuotidianos en los pueblos andaluces a principio del siglo pasado. Lo cita a menudo y le destina un capítulo:

“Darbón, el médico de Platero, es grande como el buey pío, rojo como una sandía. Pesa once arrobas. Cuenta, según él, tres duros de edad. Cuando habla, le faltan notas, cual a los pianos viejos; otras veces, en lugar de palabra, le sale un escape de aire” (XLI – Darbón).

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Cerca está el Archivo Histórico y siguiendo la calle de San Francisco adelante en la fachada principal de su iglesia llego a la recogida e insignificante plaza de la Soledad junto a un antiguo colegio. Una escultura de un artista local, alegórica de la dedicación de tantos docentes de pueblo: Un maestro y una maestra con sendos libros bajo el arbol del conocimiento, a su sombra hay una silla escolar que me atrevo a ocupar mientras leo el capítulo titulado “La miga” (Nombre que dan por estos pagos a la escuela infantil, antes de parvulitos):

“Si tú vinieras, Platero, con los demás niños, a la miga, aprenderías el a, b, c, y escribirías palotes. Sabrías tanto como el burro de las Figuras de cera – el amigo de la Sirenita del Mar, que aparece coronado de flores de trapo, por el cristal que muestra a ella, rosa toda, carne y oro, en su verde elemento – ; más que el médico y el cura de Palos, Platero” (VI – La miga).

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Llegamos por fin a una de las casas más visitadas de Moguer, un hito importante del itinerario. Se trata de la casa natal de Juan Ramón Jiménez en la calle de la Ribera. La narración de la visita merece un apartado especial, la guía me cuenta con amabilidad y con todo lujo de detalles los pormenores de la época, el pueblo, la casa y familia del poeta, que nació en esta casa el año 1881, y en la que vivió hasta los 6 años para trasladarse a la calle Nueva:

“Aquí, en esta casa grande, hoy cuartel de la Guardia Civil, nací yo, Platero. ¡Cómo me gustaba de niño y qué rico me parecía este pobre balcón, mudéjar a lo maestro Garfia, con sus estrellas de cristales de colores! Mira por la cancela, Platero; todavía las lilas, blancas y lilas, y las campanillas azules engalanan, colgando la verja de madera, negras por el tiempo, del fondo del patio, delicia de mi edad primera” (CXVII – La calle de la Ribera).

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Desde aquí hay un buen paseo hasta la Ribera propiamente dicha donde estuvo el muelle y puerto de Moguer. Un parquecillo recuerda el pasado marinero con un monumento con un ancla sobre un pedestal con una lápida con la siguiente inscripción: «Moguer. 500 años 1492 – 1992.- En esta ribera del río Tinto, antiguo enclave del puerto de Moguer, fue botada hacia 1488 la carabela Niña propiedad de la familia moguereña de los Niño y una de las embarcaciones que participaron en el descubrimiento de América. La recuperación de este espacio histórico es una vieja aspiración de Moguer, cuya tradición marítima se remonta a la Baja Edad Media. El Ayuntamiento de Moguer, siendo alcalde D. Francisco Díaz Olivares, Mayo 1992». Aunque parece que hubo un conato de recuperación y adecentamiento de la zona, todo parece en completo abandono y dejadez, con una desolación más lamentable incluso que como lo vieran el poeta y su borrico hace ya un siglo.

“Y los pescadores subían al pueblo sardinas, ostiones, anguilas, lenguados, cangrejos… El cobre de Riotinto lo ha envenenado todo. Y menos mal, Platero, que  con el asco de los ricos comen los pobres la pesca miserable de hoy… Pero el falucho, el bergantín, el laúd, todos se perdieron. ¡Qué miseria!” (XCV – El río).

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Regreso subiendo la calle de la Ribera para al final en la misma casa natal hoy torcer a la izquierda por la calle de las Flores, dedicada a Zenobia Camprubí, esposa del creador de Platero que alude a esta calle evocando recuerdos de su época, que ya el paso del tiempo ha suprimido de un plumazo, y en ella sitúa el patético episodio de la yegua blanca:

“Mira; pasando por la calle de las Flores, ya en la Portada, en el mismo sitio en que el rayo mató a los dos niños gemelos, estaba muerta la yegua blanca del Sordo. Unas chiquillas casi desnudas la rodeaban, silenciosas (CVIII – La yegua blanca).

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Al final de la calle de las Flores giro a la derecha para continuar por la calle de la Aceña, como se conoce popularmente la actual calle de Sor Ángela de la Cruz. En el número 5 vivió el poeta moguereño entre 1905 y 1912 una etapa de gran creatividad y en la que escribió Platero y yo, antes pasamos por el convento de las Hermanas de la Cruz. Avanzo por esta calle con la altiva torre de la iglesia realzando la perpectiva; justo en la mitad, puedo leer en una bocacalle el nombre de Rubén Darío figura del modernismo que tanto influyó en la poesía de JRJ. Al final me detengo en la que fue residencia del poeta frente a la pensión Platero. Y es que los nombres de resonancia juaramoniana aparecen por doquier en esta localidad andaluza. Es en este punto, comienzo de la calle para la numeración oficial, donde se sitúa el poeta:

“Desde la calle de la Aceña, Platero, Moguer es otro pueblo. Allí empieza el barrio de los marineros. La gente habla de otro modo, con términos marinos, con imágenes libres y vistosas. Visten mejor los hombres, tienen cadenas pesadas y fuman buenos cigarros y pipas largas” (XCIII – La escama).

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El rodeo ha merecido la pena porque alejado de las zonas más céntricas paseo por el Moguer más desconocido. De nuevo en la céntrica plaza del Marqués, giro a la izquierda para encaminarme por la calle Nueva, como siempre se llamó la actual Juan Ramón Jiménez, con buen criterio pues en esta calle esta la casa en la vivió el poeta desde los seis años. Hoy convertida en museo donde puedo contemplar los muebles, objetos y recuerdo de Juan Ramón y de su esposa Zenobia así como las dependencias y rincones a los que alude en su obra más popular: La cuadra, el aljibe, la galería, la cancela, el patio, la escalera, la montera acristalada, la puerta falsa, la azotea… (es una pena que no esté permitido acceder a esta, así que valga la imagen de la terraza de la casa de la Ribera):

“Tú, Platero, no has subido nunca a la azotea. No puedes saber qué honda respiración ensancha el pecho, cuando al salir a ella de la escalerilla oscura de madera, se siente uno quemado en el sol pleno del día, anegado de azul como al lado mismo del cielo, ciego del blancor de la cal, con la que, como sabes, se da al suelo de ladrillo para que venga limpia al aljibe el agua de las nubes”. ¡Qué encanto el de la azotea! (XXI – La azotea).

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Tras una prolongada y emotiva visita, me dirijo siguiendo la calle Nueva adelante hasta el Cementerio, alejándome otra vez del centro en dirección NE para depositar una flor en la tumba de Zenobia y Juan Ramón. Tampoco se olvida el moguereño del cementerio en su obra, como al referirse a la muerte de la niña chica:

“¡Qué lujo puso Dios en ti, tarde del entierro! Setiembre, rosa y oro, como ahora, declinaba. Desde el cementerio ¡cómo resonaba la campana de vuelta en el ocaso abierto, camino de la gloria!… Volví por las tapias, solo y mustio, entré en la casa por la puerta del corral y, huyendo de los hombres, me fui a la cuadra y me senté a pensar, con Platero”. (LXXXI – La niña chica)

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Desde el Cementerio llego hasta el monumento a la Virgen de Montemayor y continuo por la calle de la Parrala junto al campo de fútbol. A toda prisa enfilo por la calle Picos y Hornos. En el restaurante de la esquina llamado Zenobia, otro nombre de resonancia juanramoniana, me detengo dado lo avanzado de la hora para descansar y tomar un tentepie. Mientras espero la pitanza, abro el libro y leo:

“Platero, dicen que la perra anduvo como loca todo aquel día, entrando y saliendo, asomándose a los caminos, encaramándose en los vallados, oliendo a la gente… Todavía a la oración la vieron, junto a la casilla del celador, en los Hornos, aullando tristemente sobre unos sacos de carbón, contra el ocaso” (LXI – La perra parida).

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Después de comer, dedico la tarde para llegar paseando hasta la ermita de Montemayor, situada a media legua del pueblo y visitar la Virgen, tan venerada por los moguereños. Emplazada en una pequeña loma desde la que se consiguen las mejores vistas del pueblo con la torre sobresaliendo del apiñado caserío blanco. No podía nuestro autor pasar por alto esta ermita que podía divisar desde su casa:

“El granero es ancho, silencioso, soleado. Desde él se ve todo el campo moguereño: el Molino de viento, rojo, a la izquierda; enfrente, embozado en pinos, Montemayor, con su ermita blanca; tras de la iglesia, el recóndito huerto de la Piña” (CXXXIV – El borriquete).

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Ver mapa de la ruta: 

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