La tierra que pisamos

Un paseo literario por Feria (Extremadura)

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A comienzos del siglo xx España ha caído bajo las garras de un siniestro imperio europeo que domina gran parte del mundo. Tras la conquista, las élites militares eligen un pequeño pueblo de Extremadura como gratificación para los mandos a cargo de la ocupación (“Este pueblo era el regalo, el premio a una juventud consumida en la batalla allí donde el imperio lo había reclamado“). Eva Holman, esposa del coronel Iosif Holman, vive su idílico retiro en la paz de su conciencia hasta que recibe la visita inesperada de un hombre, que empezará ocupando su propiedad y acabará por invadir su vida entera.

Aunque el nombre del pueblo se soslaya, este es el paisaje ancestral evocado en «La tierra que pisamos»: “A miles de kilómetros de la patria, a este rincón del exótico sur, que hemos convertido en nuestro apacible y pintoresco lugar de retiro“. El nombre de este pueblo no es otro que Feria. Por donde proponemos una ruta literaria deteniéndonos en los lugares, parajes y monumentos de este encantador pueblo extremeño, escenario donde Jesús Carrasco sitúa e imagina parte de las peripecias de Leva, el hombre del huerto, ese sigiloso y reservado personaje de la novela profundamente arraigado en su tierra: “En el hombre del huerto hay sentimientos de otra calidad. Vínculos que enlazan a las personas con la tierra en la que han nacido“.

EL PUEBLO:

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Con los puños llenos de tela y los ojos cerrados, he tratado de concentrarme en la oscuridad exterior. Y así, he imaginado que me asomaba al porche elevado sobre el fragante césped que rodea la casa y, desde allí, he dirigido mi atención hacia el frente, al lugar donde el predio se asoma al valle. A lo lejos titilan las farolas de gas del pueblo, encaramado como un galápago a las faldas del castillo (1).

Aquellas cimas desde las que las laderas se escurren. Los amplios valles y, a lo lejos, la llanura de Barros…. (57).

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Levanto la cabeza en busca del amplio horizonte de la Tierra de Barros y ahí está su chaqueta oscura, colándose entre las tablas blancas, penetrando sucia en nuestra propiedad. Kaiser se ha acercado y lo olisquea curioso por este lado de la verja (2).

HUERTO DE LEVA:

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En mi mente desciendo los escalones de madera y camino unos pasos sobre la hierba húmeda hasta la verja que domina el huerto de la terraza inferior. No oigo nada allí, ni siquiera el áspero roce de las hojas ya secas del maíz. Me giro hacia la casa para recorrer la parte trasera de la propiedad. En los tiestos sujetos a la balaustrada del porche crecen formas confusas. La campana de alarma cuelga del tejadillo sobre ellas y su cuerda casi las toca. A la izquierda del edificio se levanta la gran encina, un ser poderoso y rotundo, cuya copa invade parte del alero. Al otro lado, entre la vivienda y el camino, el pequeño establo con sus ventanucos enrejados y sus tejas alomadas. Dentro, ni siquiera se oye a la yegua rascar el suelo de pizarra con sus herraduras. Tampoco se oye a Kaiser, nuestro perro; era de suponer, porque es sin duda el animal más indolente que se pueda imaginar (1).

LA CRUZ DEL REAL:

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Me detengo en el Pilar de la Cruz (del Real), como tantas veces, para que la yegua abreve. El animal moja la lengua en el agua oscura con Leva recostado junto a sus cascos, a punto de ser molido a culatazos. Todo lo que me rodea, el pilar, la recurva, el cercano castillo, los caminos, está ahora ocupado por sus sombras, que llegan al pueblo custodiados desde los campos. Los conducen al templo, un corazón que late al revés, absorbiendo los fluidos, y que ya solo bombeará una vez más (61).

EL CASTILLO:

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En el castillo, un cabo de guardia me conduce hasta el dispensario, al otro lado del patio de armas. Golpea la puerta, primero con suavidad y luego con fuerza. Elevo la vista hacia la torre del homenaje, imponente y austera, que se levanta en un extremo del recinto. Las contraventanas están cerradas (30).

SIERRA VIEJA:

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El sol proyecta sombras oscuras bajo los almendros. Cada cierto tiempo se oyen disparos seguidos por el aleteo de las aves asustadas. Algunos parecen provenir del pueblo pero otros, más cercanos, se están produciendo en las lomas de la Sierra Vieja. Leva aún, encapuchado, sabe de dónde vienen las detonaciones. Piensa en los predios con aceituna que su primo tiene al pie de la cumbre del pico  que llaman el Mirrio, el más alto de los próximos al pueblo y desde cuya cumbre se domina incluso la terraza de la torre del homenaje del castillo (57).

LA ALBUERA:

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Sube la pequeña meseta que forma la curva han ido acumulando camiones con caja de lona, vehículos ligeros, motocicletas y una docena de cañones de gran calibre que aguardan a ser emplazados en el castillo y en las defensas naturales de sus faldas. Sientan a Leva en el suelo con la espalda apoyada en el abrevadero y encienden cigarrillos. A lo lejos brilla la lámina de agua del pantano de La Albuera rodeada de una ancha uña de tierra gris y estéril (57).

CALLE DUQUES DE FERIA:

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Llegan al pueblo por el Pilar de la Cruz, un collado en el que, adosado a una casa, hay un abrevadero en el que los animales paran antes de encerrarse en los corrales o de salir a los campos. Hacia el norte, la ladera se inclina en dirección a La Albuera, y por el sur es el pueblo el que ocupa la pendiente con sus casas blanqueadas. De este lugar parten caminos hacia Burguillos y La Parra, y allí, la calle del Duque, que viene desde la iglesia, se retuerce para continuar subiendo hacia el castillo (57).

RINCÓN DE LA CRUZ

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En la calle del Duque la gente me mira al pasar. Saludo con la cabeza mientras siento sus ojos en mi espalda. En las rejas hay ya banderolas y estandartes. Todo está dispuesto para el Jubileo. En el que fuera el Rincón de la Cruz, una plazuela en la parte baja de la calle, ondea nuestra bandera sobre la columna de granito. Imagino los cantos de los zapateros,sentados en los escalones en pendiente. Rodeados de piezas de cuero y leznas que afilan en la piedra de molino que se levanta tras la columna (61).

CASA FAMILIAR:

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Habría sabido incluso el momento en el que pasaban frente a la puerta de su casa. De haber podido verla, le habría sorprendido que la puerta estuviera abierta de par en par, no entornada como es costumbre en los pueblos sureños. Su casa, igual que las demás en aquella parte del pueblo, está asentada sobre la ladera que mira a la llanura. Desde la puerta de la calle arranca un pasillo que desciende hasta el corral posterior. Las bóvedas son curvas y en ellas la cal se desportilla por la humedad proveniente de los techos fisurados. Las vistas desde allí son majestuosas. En los atardeceres de verano, el sol amarillea el cielo por poniente. Un convoy militar avanza hacia el suroeste por la carretera de Badajoz (64).

PLAZA DE ESPAÑA:

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Me apeo en la plaza de España, donde algunos conocidos toman un aperitivo en los veladores. Noto que también ellos me siguen con sus ojos cuando desmonto y apersogo a Bird en la reja de la iglesia (61).

FACHADA NORTE:

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Podría entrar en el templo a la carrera, escabullirme, pero prefiero detenerme delante de la portada y dedicarle una mirada al san Bartolomé que la corona. Lleva su cuchillos en alto, pisa a Belial. Sus imágenes, nuestras armas (61).

EL PRESBITERIO DE LA IGLESIA

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Luego, cuando su curiosidad queda por fin saciada, continúan su camino en dirección al retablo mayor, al pie del cual la gente se reparte por el presbiterio. De entre los cuerpos sobresale el altar de granito, vestido con un mantel blanco cuadriculado por los dobleces de la plancha. A base de gritos y de enseñar las culatas, los soldados consiguen que la comitiva llegue a su destino. El capitán se toma su tiempo para observar el retablo cargado de motivos dorados. En la credencia toma en sus manos algunos objetos litúrgicos y durante unos segundos los valora (60).

El sacerdote aparece por la puerta de la sacristía y camina hacia el presbiterio. Cambia objetos de lugar, dobla un paño y luego camina hacia el ambón, donde hojea un libro. Solo repara en mí cuando levanta la vista tratando de ver algo que hay en el órgano que hay a  mi espalda (62).

PORTADA SUR

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Poco después de que el capitán y sus acompañantes hayan abandonado esta nave, llega el primer camión. Un vehículo con caja de madera cuyas ruedas, de caucho macizo , están montadas sobre llantas de radios fundidos. Han dispuesto sacos terreros y tablas en los escalones de la portada lateral que da a la Corredera para formar una rampa y poder así meter el vehículo hasta la misma entrada. Luego en una maniobra abrupta, reculan el camión y lo suben sobre la tosca pendiente. Crujen las maderas y se prensan los sacos bajo ellas. Al camión le cuesta encarar el primer tramo y tienen que meter más tablas y nuevos sacos para hacer más suave el arranque de la rampa. Por fin, cuando tienen el camión empotrado en la portada, los soldados de dentro abren las hojas y, por primera vez en muchas horas, los cautivos reciben el aire de la calle. Se forma un revuelo al ver allí, apretada, la caja del camión (61).

LA CORREDERA:

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Leva se pregunta por aquel hombre, mayor que él, al que conoce de toda la vida, con cuyos hijos él se ha criado. Juntos bajando las cuestas, haciendo rodar los aros. Juntos atrapando ranas y ayudando en la matanza. Los niños de este pueblo son otro pueblo. A nadie se deben cuando consumen sus días en juegos inútiles, sin otro propósito que el juego. La risa en la Corredera, los helados de Jaramillo en verano, los barquillos en invierno. Las puertas de las casas todas entornadas, nunca cerradas. Cortinas colgando que se mecen, porque allí no corre el aire en agosto, salvo en las noches perfumadas (57).

CALLE NUEVA:

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Imagino a las mujeres reunidas en alguna de las casonas de la calle Nueva, tomando té frío, enumerando mis rarezas o criticando ese empeño en vivir apartado de los demás que, sin duda, me atribuyen solo a mí. Ahora esas habladurías han sido confirmadas por el escandaloso hecho de tener a uno de ellos viviendo en nuestra tierra. «Escondido», dirán ellas y con razón (18).

CASA MATEO:

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A mediodía les dan una nueva ración de alimento: pan, arenques secos y vino de pitarra que los militares han saqueado de Casa Mateo, el colmado próximo. Un soldado les entrega un mendrugo de pan y un arenque, y otro, que llevaba una garrafa forrada en mimbre, va escanciando vino en cacillos de aluminio. Al oír el líquido romperse contra el metal, los hombres sueltan la comida y y palpan el suelo en busca del recipiente pensando que será agua (63).

CALLE Nª Sª DE GUADALUPE:

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Hacen el mismo camino que el resto de sus paisanos. La calle de Nuestra Señora de Guadalupe, empedrada con lajas de pizarra encajadas de canto. Los burros se agarran a esos biseles cuando van cargados. Meten la punta de los cascos y ascienden seguros incluso en los días en que las calles canalizan las lluvias (64).

HUERTO DE LAS GUINDAS:

Imagino que pasa su tiempo tendido a la sombra de alguna encina del Huerto de las Guindas. Puede que abrazado a su tronco, murmurando sus cantinelas sobre el lugar al que anhela llegar. Allí es donde el camión se detiene no mucho después de dejar el pueblo porque los invasores, guiados por el secretario del ayuntamiento, han elegido un paraje cercano para reunir en él a todos sus habitantes (77).

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A pesar de la luz ambigua de la media luna, reconocen inmediatatamente el paraje. Es el Huerto de las Guindas, uno de los lavaderos comunales al que las mujeres del pueblo llevan la ropa. Tablas de piedra alrededor de una pileta donde se canta y se ceban chismes al tiempo que se golpea la ropa. Por todas partes hay carbones y restos de ceniza de la que las mujeres usan para hacer las coladas (77).

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Entonces se da cuenta de que allí no están porque el Huerto de las Guindas está encajado en el fondo de un pequeño valle y no hay explanadas en los alrededores lo suficientemente amplias como para albergar a los habitantes del pueblo. A lo sumo, algún claro entre las encinas, pero tan comido por las zarzas y los piornos que es imposible transitarlo (77).


TEXTO: Fragmentos de la novela La tierra que pisamos  de Jesús Carrasco.
Fotografía y presentación: LA VOZ DE FERIA


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