La tierra que pisamos

Un paseo literario por Feria (Extremadura)

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A comienzos del siglo xx España ha caído bajo las garras de un siniestro imperio europeo que domina gran parte del mundo. Tras la conquista, las élites militares eligen un pequeño pueblo de Extremadura como gratificación para los mandos a cargo de la ocupación (“Este pueblo era el regalo, el premio a una juventud consumida en la batalla allí donde el imperio lo había reclamado“). Eva Holman, esposa del coronel Iosif Holman, vive su idílico retiro en la paz de su conciencia hasta que recibe la visita inesperada de un hombre, que empezará ocupando su propiedad y acabará por invadir su vida entera.

Aunque el nombre del pueblo se soslaya, este es el paisaje ancestral evocado en «La tierra que pisamos»: “A miles de kilómetros de la patria, a este rincón del exótico sur, que hemos convertido en nuestro apacible y pintoresco lugar de retiro“. El nombre de este pueblo no es otro que Feria. Por donde proponemos una ruta literaria deteniéndonos en los lugares, parajes y monumentos de este encantador pueblo extremeño, escenario donde Jesús Carrasco sitúa e imagina parte de las peripecias de Leva, el hombre del huerto, ese sigiloso y reservado personaje de la novela profundamente arraigado en su tierra: “En el hombre del huerto hay sentimientos de otra calidad. Vínculos que enlazan a las personas con la tierra en la que han nacido“.

EL PUEBLO:

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Con los puños llenos de tela y los ojos cerrados, he tratado de concentrarme en la oscuridad exterior. Y así, he imaginado que me asomaba al porche elevado sobre el fragante césped que rodea la casa y, desde allí, he dirigido mi atención hacia el frente, al lugar donde el predio se asoma al valle. A lo lejos titilan las farolas de gas del pueblo, encaramado como un galápago a las faldas del castillo (1).

Aquellas cimas desde las que las laderas se escurren. Los amplios valles y, a lo lejos, la llanura de Barros…. (57).

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Levanto la cabeza en busca del amplio horizonte de la Tierra de Barros y ahí está su chaqueta oscura, colándose entre las tablas blancas, penetrando sucia en nuestra propiedad. Kaiser se ha acercado y lo olisquea curioso por este lado de la verja (2).

HUERTO DE LEVA:

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En mi mente desciendo los escalones de madera y camino unos pasos sobre la hierba húmeda hasta la verja que domina el huerto de la terraza inferior. No oigo nada allí, ni siquiera el áspero roce de las hojas ya secas del maíz. Me giro hacia la casa para recorrer la parte trasera de la propiedad. En los tiestos sujetos a la balaustrada del porche crecen formas confusas. La campana de alarma cuelga del tejadillo sobre ellas y su cuerda casi las toca. A la izquierda del edificio se levanta la gran encina, un ser poderoso y rotundo, cuya copa invade parte del alero. Al otro lado, entre la vivienda y el camino, el pequeño establo con sus ventanucos enrejados y sus tejas alomadas. Dentro, ni siquiera se oye a la yegua rascar el suelo de pizarra con sus herraduras. Tampoco se oye a Kaiser, nuestro perro; era de suponer, porque es sin duda el animal más indolente que se pueda imaginar (1).

LA CRUZ DEL REAL:

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Me detengo en el Pilar de la Cruz (del Real), como tantas veces, para que la yegua abreve. El animal moja la lengua en el agua oscura con Leva recostado junto a sus cascos, a punto de ser molido a culatazos. Todo lo que me rodea, el pilar, la recurva, el cercano castillo, los caminos, está ahora ocupado por sus sombras, que llegan al pueblo custodiados desde los campos. Los conducen al templo, un corazón que late al revés, absorbiendo los fluidos, y que ya solo bombeará una vez más (61).

EL CASTILLO:

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En el castillo, un cabo de guardia me conduce hasta el dispensario, al otro lado del patio de armas. Golpea la puerta, primero con suavidad y luego con fuerza. Elevo la vista hacia la torre del homenaje, imponente y austera, que se levanta en un extremo del recinto. Las contraventanas están cerradas (30).

SIERRA VIEJA:

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El sol proyecta sombras oscuras bajo los almendros. Cada cierto tiempo se oyen disparos seguidos por el aleteo de las aves asustadas. Algunos parecen provenir del pueblo pero otros, más cercanos, se están produciendo en las lomas de la Sierra Vieja. Leva aún, encapuchado, sabe de dónde vienen las detonaciones. Piensa en los predios con aceituna que su primo tiene al pie de la cumbre del pico  que llaman el Mirrio, el más alto de los próximos al pueblo y desde cuya cumbre se domina incluso la terraza de la torre del homenaje del castillo (57).

LA ALBUERA:

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Sube la pequeña meseta que forma la curva han ido acumulando camiones con caja de lona, vehículos ligeros, motocicletas y una docena de cañones de gran calibre que aguardan a ser emplazados en el castillo y en las defensas naturales de sus faldas. Sientan a Leva en el suelo con la espalda apoyada en el abrevadero y encienden cigarrillos. A lo lejos brilla la lámina de agua del pantano de La Albuera rodeada de una ancha uña de tierra gris y estéril (57).

CALLE DUQUES DE FERIA:

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Llegan al pueblo por el Pilar de la Cruz, un collado en el que, adosado a una casa, hay un abrevadero en el que los animales paran antes de encerrarse en los corrales o de salir a los campos. Hacia el norte, la ladera se inclina en dirección a La Albuera, y por el sur es el pueblo el que ocupa la pendiente con sus casas blanqueadas. De este lugar parten caminos hacia Burguillos y La Parra, y allí, la calle del Duque, que viene desde la iglesia, se retuerce para continuar subiendo hacia el castillo (57).

RINCÓN DE LA CRUZ

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En la calle del Duque la gente me mira al pasar. Saludo con la cabeza mientras siento sus ojos en mi espalda. En las rejas hay ya banderolas y estandartes. Todo está dispuesto para el Jubileo. En el que fuera el Rincón de la Cruz, una plazuela en la parte baja de la calle, ondea nuestra bandera sobre la columna de granito. Imagino los cantos de los zapateros,sentados en los escalones en pendiente. Rodeados de piezas de cuero y leznas que afilan en la piedra de molino que se levanta tras la columna (61).

CASA FAMILIAR:

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Habría sabido incluso el momento en el que pasaban frente a la puerta de su casa. De haber podido verla, le habría sorprendido que la puerta estuviera abierta de par en par, no entornada como es costumbre en los pueblos sureños. Su casa, igual que las demás en aquella parte del pueblo, está asentada sobre la ladera que mira a la llanura. Desde la puerta de la calle arranca un pasillo que desciende hasta el corral posterior. Las bóvedas son curvas y en ellas la cal se desportilla por la humedad proveniente de los techos fisurados. Las vistas desde allí son majestuosas. En los atardeceres de verano, el sol amarillea el cielo por poniente. Un convoy militar avanza hacia el suroeste por la carretera de Badajoz (64).

PLAZA DE ESPAÑA:

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Me apeo en la plaza de España, donde algunos conocidos toman un aperitivo en los veladores. Noto que también ellos me siguen con sus ojos cuando desmonto y apersogo a Bird en la reja de la iglesia (61).

FACHADA NORTE:

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Podría entrar en el templo a la carrera, escabullirme, pero prefiero detenerme delante de la portada y dedicarle una mirada al san Bartolomé que la corona. Lleva su cuchillos en alto, pisa a Belial. Sus imágenes, nuestras armas (61).

EL PRESBITERIO DE LA IGLESIA

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Luego, cuando su curiosidad queda por fin saciada, continúan su camino en dirección al retablo mayor, al pie del cual la gente se reparte por el presbiterio. De entre los cuerpos sobresale el altar de granito, vestido con un mantel blanco cuadriculado por los dobleces de la plancha. A base de gritos y de enseñar las culatas, los soldados consiguen que la comitiva llegue a su destino. El capitán se toma su tiempo para observar el retablo cargado de motivos dorados. En la credencia toma en sus manos algunos objetos litúrgicos y durante unos segundos los valora (60).

El sacerdote aparece por la puerta de la sacristía y camina hacia el presbiterio. Cambia objetos de lugar, dobla un paño y luego camina hacia el ambón, donde hojea un libro. Solo repara en mí cuando levanta la vista tratando de ver algo que hay en el órgano que hay a  mi espalda (62).

PORTADA SUR

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Poco después de que el capitán y sus acompañantes hayan abandonado esta nave, llega el primer camión. Un vehículo con caja de madera cuyas ruedas, de caucho macizo , están montadas sobre llantas de radios fundidos. Han dispuesto sacos terreros y tablas en los escalones de la portada lateral que da a la Corredera para formar una rampa y poder así meter el vehículo hasta la misma entrada. Luego en una maniobra abrupta, reculan el camión y lo suben sobre la tosca pendiente. Crujen las maderas y se prensan los sacos bajo ellas. Al camión le cuesta encarar el primer tramo y tienen que meter más tablas y nuevos sacos para hacer más suave el arranque de la rampa. Por fin, cuando tienen el camión empotrado en la portada, los soldados de dentro abren las hojas y, por primera vez en muchas horas, los cautivos reciben el aire de la calle. Se forma un revuelo al ver allí, apretada, la caja del camión (61).

LA CORREDERA:

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Leva se pregunta por aquel hombre, mayor que él, al que conoce de toda la vida, con cuyos hijos él se ha criado. Juntos bajando las cuestas, haciendo rodar los aros. Juntos atrapando ranas y ayudando en la matanza. Los niños de este pueblo son otro pueblo. A nadie se deben cuando consumen sus días en juegos inútiles, sin otro propósito que el juego. La risa en la Corredera, los helados de Jaramillo en verano, los barquillos en invierno. Las puertas de las casas todas entornadas, nunca cerradas. Cortinas colgando que se mecen, porque allí no corre el aire en agosto, salvo en las noches perfumadas (57).

CALLE NUEVA:

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Imagino a las mujeres reunidas en alguna de las casonas de la calle Nueva, tomando té frío, enumerando mis rarezas o criticando ese empeño en vivir apartado de los demás que, sin duda, me atribuyen solo a mí. Ahora esas habladurías han sido confirmadas por el escandaloso hecho de tener a uno de ellos viviendo en nuestra tierra. «Escondido», dirán ellas y con razón (18).

CASA MATEO:

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A mediodía les dan una nueva ración de alimento: pan, arenques secos y vino de pitarra que los militares han saqueado de Casa Mateo, el colmado próximo. Un soldado les entrega un mendrugo de pan y un arenque, y otro, que llevaba una garrafa forrada en mimbre, va escanciando vino en cacillos de aluminio. Al oír el líquido romperse contra el metal, los hombres sueltan la comida y y palpan el suelo en busca del recipiente pensando que será agua (63).

CALLE Nª Sª DE GUADALUPE:

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Hacen el mismo camino que el resto de sus paisanos. La calle de Nuestra Señora de Guadalupe, empedrada con lajas de pizarra encajadas de canto. Los burros se agarran a esos biseles cuando van cargados. Meten la punta de los cascos y ascienden seguros incluso en los días en que las calles canalizan las lluvias (64).

HUERTO DE LAS GUINDAS:

Imagino que pasa su tiempo tendido a la sombra de alguna encina del Huerto de las Guindas. Puede que abrazado a su tronco, murmurando sus cantinelas sobre el lugar al que anhela llegar. Allí es donde el camión se detiene no mucho después de dejar el pueblo porque los invasores, guiados por el secretario del ayuntamiento, han elegido un paraje cercano para reunir en él a todos sus habitantes (77).

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A pesar de la luz ambigua de la media luna, reconocen inmediatatamente el paraje. Es el Huerto de las Guindas, uno de los lavaderos comunales al que las mujeres del pueblo llevan la ropa. Tablas de piedra alrededor de una pileta donde se canta y se ceban chismes al tiempo que se golpea la ropa. Por todas partes hay carbones y restos de ceniza de la que las mujeres usan para hacer las coladas (77).

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Entonces se da cuenta de que allí no están porque el Huerto de las Guindas está encajado en el fondo de un pequeño valle y no hay explanadas en los alrededores lo suficientemente amplias como para albergar a los habitantes del pueblo. A lo sumo, algún claro entre las encinas, pero tan comido por las zarzas y los piornos que es imposible transitarlo (77).


TEXTO: Fragmentos de la novela La tierra que pisamos  de Jesús Carrasco.
Fotografía y presentación: LA VOZ DE FERIA


ÁLBUM DE FOTOS

La tierra que pisamos

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EVOCACIÓN DEL PAISAJE

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La Cruz de Mayo en Feria

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Cruz de mayo (foto jjferia)

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EL CULTO AL ÁRBOL Y LA CRUZ DE MAYO

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Cruz de mayo (foto jjferia)

Las antiguas fiestas paganas anteriores a la civilización cristiana giraban frecuentemente en torno a acontecimientos de la naturaleza y de los cambios estacionales. Fiestas que, con la expansión del cristianismo, fueron asimiladas y despaganizadas por la doctrina dominante. Así el ritual del fuego y del agua de ascendencia prehistórica y la recogida de hierbas: trébol, verbena, albahaca, mejorana, valeriana, madreselva, romero, tomillo, hierbabuena, hierbaluisa… con fines mágicos, afrodisíacos o medicinales, coincidiendo con el solsticio de verano, fueron cristianizadas, al superponerse sobre estos ritos arcaicos la celebración de la festividad de san Juan Bautista. Ritos que sobreviven y conviven en las hogueras de la noche de san Juan, alrededor de las cuales hombres y mujeres bailan y cantan (”A coger el trébole la noche de san Juan”).

La Virgen de Agosto es otro claro ejemplo de aclimatación de primitivas fiestas paganas a la nueva situación. Deméter, personificación de la tierra, madre nutricia y dispensadora de los frutos del suelo, es el antecedente griego de la romana Ceres, diosa de la vegetación y los cultivos (en honor de la cual se celebraban fiestas en Agosto). A su vez, estas deidades se relacionan con la ancestral Diosa madre o Madre tierra, protectiora de las cosechas, y a las que los campesinos manifestaban su agradecimiento, tras la recolección, con ofrendas florales y de frutos.

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Cruz de mayo (foto jjferia)

En el solsticio de invierno, el ritual giraba en torno a la conservación de la luz mortecina del astro rey. Los días empiezan a alargarse, la luz del dios Sol, sin prisa pero sin pausa, va venciendo a la oscuridad. Este es el remoto origen del culto a Mitra, dios indoirano del sol, la luz y el calor. De origen antiquísimo, fue adorado antes por las tribus arias y los romanos extendieron su culto por todos los rincones del imperio, celebrando su fiesta el 25 de diciembre (Dies Natalis Solis Invicti: Nacimiento del sol invencible). Mitra, dios solar, que creó el cielo y la tierra, nació en una gruta y fue adorado por unos pastores, que derrotó al Demonio y a su aliada las tinieblas, y que, después de realizar numerosos milagros ascendió a su morada celeste. Su doctrina, el mitraísmo, al igual que su vida, guarda un más que sospechoso paralelismo con la doctrina de Cristo. Proclamaba la inmortalidad prometiendo la dicha eterna a los buenos y el castigo perdurable a los malos, se bautizaba al neófito y se consumía pan y vino en un ágape, se rezaba y se consumaban sacrificios. Además el día sagrado del mitraísmo era el domingo (dies solis). El mitraísmo fue un poderoso adversario del cristianismo, pese a sus concomitancias; pero su fiesta fue hábilmente sustituida por la Navidad: Conmemoración del nacimiento de Cristo en una cueva o establo, que con la luz de su gracia viene a salvar a la humanidad de las tinieblas del pecado. De ahí que las fiestas navideñas hayan sido calificadas como de “olla podrida en la que se cocieron los partos de todos los héroes solares”.

Los ejemplos podrían multiplicarse pero, como introducción, creo que los citados son lo suficiente explícitos.

En cuanto a la fiesta de la cruz de mayo, su más claro antecedente hay que buscarlo en el culto al árbol y en general a las formas vegetales. Culto muy extendido entre los antiguos pobladores celtíberos y que todavía persisten en algunas zonas de nuestra pateada piel de toro con los llamados mayos y con las enramadas.

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Cruz de mayo (foto jjferia)

Mayo es el mes primaveral por excelencia, la naturaleza se cubre de sus mejores galas, la vegetación renace y los campos rejuvenecen. Los rituales de las fiestas mayas actuales o recientes están presididas por un árbol que los solteros talan en el monte o bosque cercano para alzarlo en la plaza del pueblo, adornado con cintas, banderines, guirnaldas y diferentes obsequios como galardón al mozo que se atreva a trepar por él y encaramarse en la cima. En torno a este árbol o mayo (elemento fálico que simboliza la fertilidad de la tierra y del hombre) concurren los jóvenes a divertirse con bailes y otros festejos, al mismo tiempo que las chicas cantan al son del pandero:

Todas las mozas
a ti te alaban
por lo derecha,
por lo empinada.

Todas presentes
damos las gracias
a nuestros mozos
por esta maya.

¡Vivan los mozos!
!Viva la maya!

Vítores a Mayo
que te empinaron
pero fue con ayuda
de los casado.

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Cruz de mayo (foto jjferia)

Dando ocasión a fiestas, que siempre acusan algo de orgiástico y de incitación a escarceos amorosos iniciáticos. Con la exuberancia vegetal de mayo se prodigan, asimismo, las enramadas: ramos o guirnaldas vegetales con flores y frutos con las que los mozos decoraban por la noche las puertas y ventanas de sus enamoradas.

Posteriormente el mayo se antropomorfiza, esto es, adquiere figura humana, y en algunas partes el mayo es un mozo cubierto con toda clase de vegetación que recorre las casas del pueblo como presagio de fertilidad y anunciando la felicidad con su presencia; o bien, acompañando a la maya personificada en una muchacha, que se elegía entre las más potables o hermosas mocitas del pueblo, con motivo de las fiestas de mayo.

Pero el cristianismo convertirá poco a poco al mayo en cruz (el día 3 de mayo se conmemora, como sabemos, en el santoral cristiano la Invención de la Santa Cruz), al mes de mayo en mes de María (recordemos el “venid y vamos todos con flores a María…”), y a la Madre de Dios en improvisada Maya cristiana. De esta forma, el culto al árbol sensual e iniciático es sofocado y asimilado por el cristianismo triunfante de consignas más intolerantes al respecto, sustituyéndolo por el árbol de la cruz, santo madero donde murió Cristo, víctima a su vez, de la intolerancia de sus conciudanos.

¡Oh árbol fecundo,
árbol más dichoso
por haber tenido
cuerpo tan hermoso!

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Cruz de mayo

Ya tenemos, pues, al mayo florido y lujurioso, pretexto de jolgorios e incitador de precoces ayuntamientos carnales pues es sabido que la primavera la sangre altera; helo aquí y ahora bautizado, bendecido y santificado.

Cruz bendita de mayo,
resplandeciente,
bendita y alabada
seáis por siempre.

Árbol orgiástico y cruz bendita amalgamados en un maridaje contranatura de difícil digestión. Y al pueblo llano, confundido y alejado de sutiles disquisiciones teológicas, superponiendo y mezclando, consciente o inconscientemente, sus ancestrales ritos paganos de carácter mágico con los religiosos de confesión cristiana. Confusión harto más que disculpable en un pueblo que, a lo largo de su dilatada historia, se ha visto obligado a punta de hacha, espada o misil a dar culto a dioses “verdaderos” de tan variopinta procedencia y catadura: íberos o celtas, romanos o cartagineses, moros o judíos, rusos o americanos; a adorarlos bajo formas tan dispares como la de sol, oro, árbol, agua y toro bravo o manso cordero; y a dirigirse a divinidades con nombres tan distintos y distantes como Melkar, Herakles, Mitra, Júpiter, Allah, Cristo… por no alargar demasiado la lista.

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Cruz de mayo (foto jjferia)

Pero volvamos al asunto que nos ocupa, no sin antes recordar el mito de Afrodita y Adonis, adaptación clásica de otros que se pierden en la noche de los tiempos: Afrodita, diosa de la belleza, el amor y la fertilidad, tras llorar la muerte en invierno de su joven, y apuesto amante Adonis de sobrenatural belleza, espíritu de la vegetación, celebra su resurrección en primavera después de pasar el invierno en el Hades o inframundo. Mitos que siempre están relacionados con el renacer de la naturaleza. Es la consagración de la primavera, aquí y ahora representada por una cruz resplandeciente, ligera y risueña, revestida con un alarde de papel brillante y con la cara lavada y recién pintá de purpurina (Nada de becerros de oro, ni de lujosas vírgenes sevillanas, porque por estos pagos no es del vil metal precisamente de lo que andamos muy sobrados).

Esa cruz de tan escaso valor material, pero que representa y significa tanto para nosotros. Tanto, digo, porque ella es cielo y tierra, madre e hija, novia y hermana, oscuro dios y dios solar, tótem y tabú, becerro de oro e ídolo mitraico, Afrodita y Adonis, virgen cristiana y mocita galana y, en fin, cruz bendita y maya pagana. Esa cruz, crisol y rompeolas de tantos ritos y creencias, es la que cada primavera se pasea por nuestras calles.

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Cruz de mayo (foto jjferia)

Ser en la vida romero

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El agua en Las Hurdes

CAMINOS DEL AGUA

Gargantas, torrentes, cascadas y meandros

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Si por algo se caracteriza la comarca de Las Hurdes es porque la mayor parte de los pueblos que la forman se encuentran situados al borde de los ríos. En muchos de ellos, sólo el sonido del agua perturba el silencio de alquerías que en algunos casos están despobladas. Alejadas de grandes núcleos urbanos, la zona alta de esta comarca se integra y confunde con la naturaleza.

Desde Caminomorisco me dirijo a la alquería de Ovejuela para visitar la cascada conocida como el Chorrituelo, siguiendo una ruta circular por un agreste paraje de montaña y regresar por el río salvando la corriente varias veces por una pasarela de piedras.

Antes de regresar a Pinofranqueado decido adentrarme en el valle surcado por el río de Los Ángeles para admirar la recóndita y lejana cascada del Chorro de los Ángeles que puede contemplarse desde el mirador del Chorro colgado sobre el abismo frente a la cascada que se precipita desde la Sierra de Los Ángeles sobre la que planea majestuosa alguna ave rapaz.

Dejo atrás Caminomorisco y desde Nuñomoral me dirijo a una de sus alquerías: El Gasco, para visitar el atractivo chorro de la Miacera, una espectacular caída de agua con varios escalones. Para visitar después el Centro de Interpretación de la Casa Hurdana, una reconstrucción de la vivienda típica de la zona. Siguiendo el curso del río Malvellido donde desemboca el arroyo que viene de la Miacera hasta La Fragosa y Martilandrán puedo recrearme contemplando los serpenteantes meandros que forma esta corriente de escaso caudal.

Regreso a Nuñomoral, para dirigirme a Casares de Hurdes, localidad conocida por sus tamborileros. La siguiente parada la realizo en Ladrillar, pueblo al que se accede siguiendo por una carretera comarcal desde la que se divisa el paisaje de esta zona de la provincia cacereña. En él destacan comunidades rurales construidas a base de pizarra y piedra. En verano se puede disfrutar de un baño en el río que lleva el mismo nombre que el municipio.

El siguiente alto en el camino es en Las Mestas, junto a la confluencia de los ríos Batuecas y Ladrillar, a dos kilómetros del límite de la provincia de Salamanca. Desde Las Mestas continúo hasta Riomalo de Abajo para acercarme hasta el meandro que hay en sus proximidades siguiendo una ruta bien señalizada. Se trata del meandro del Melero en el río Alagón y cuya vista más espectacular se consigue desde el mirador de la Antigua. Desde aquí regreso a Vegas de Coria junto al río Ángeles y su piscina natural. Pero antes de volver a Nuñomoral, es obligatorio visitar que Cambrón y su Centro de Interpretación del Agua y Medio Ambiente. Para emprender el regreso por Caminomorisco y Pinofranqueado.

Finalmente, para poner el colofón a este recorrido por la ruta del agua, decido visitar el abandonado pueblo de Granadilla, una amurallada villa medieval con su castillo y su iglesia, que emerge del embalse del río Alagón y que afortunadamente quedó a salvo de verse inundado por sus aguas embalsadas, pese que fue desalojado de sus habitantes cuando se construyó la presa.

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Un castillo, un puente, un monasterio

Pórtico: El romano de Talavera la Vieja en su nueva ubicación en las proximidades de Bohonal de Ibor (Cáceres) junto al embalse de Valdecañas en el río Tajo a su paso por la comarca cacereña de Campo Arañuelo al norte de Los Ibores.

Castillo: El de Oropesa con su torre del homenaje y plazoleta porticada. La localidad de Oropesa cerca de Talavera de la Reina en la autovía que une Madrid con Extremadura. La Villa medieval alberga numerosos monumentos como conventos, iglesias y palacios perfectamente señalizados a lo largo de una preestablecida ruta urbana: La Iglesia parroquial, la capilla de san Bernardo, el convento de la Misericordia, además del castillo. En la plaza de la torre del reloj abundan mesones y tabernas para solaz y refrigerio de los vecinos y visitantes.

Puente: El majestuoso y monumental del Arzobispo que da nombre y nos sirve de acceso al pueblo toledano de El Puente del Arzobispo sobre el río Tajo. Fue mandado construir por un arzobispo de Toledo para que los peregrinos pudieran llegar hasta el monasterio de Guadalupe y postrarse ante la Virgen Morenita.

 

Monasterio: El de Guadalupe, cuya fachada con trazas de santuario y fortaleza desde la plaza mayor. En su arquitectura se amalgaman los elementos mudéjares, góticos, renacentistas y barrocos. Es centro de peregrinaciones y foco de espiritualidad de los extremeños y toda la cristiandad.

 

Pueblo: Tras adentrarnos de nuevo en Extremadura llegamos a La Puebla de Guadalupe enclavada en la comarca cacereña de Las Villuercas, con el Monasterio sobresaliendo entre el caserío.

 

Calle: Después de visitar el monasterio y a la patrona de Extremadura. Nos dedicamos a pasear por el pueblo y recorrer sus rincones como esta típica calle de Guadalupe con la airosa fuente con una cruz de hierro coronando el pilón de piedra.

 

Claustro: El del Monasterio con arcos árabes y templete central conocido como pabellón de la fuente con elementos góticos y mudéjares. Además de la iglesia merece una visita el museo y la sacristía que alberga admirables cuadros de Zurbarán sobre personajes y temática relacionados con el monasterio.

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Un Castillo, un Puente, un Monasterio… Slideshow: La’s trip to 3 cities including and Bohonal de Ibor (near Navalmoral de la Mata) was created with TripAdvisor TripWow!

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Caminando por La Vera

Desde Plasencia, tras una visita a Arroyomolinos y Pasarón, llego a Jaraiz, la población de mayor entidad de la comarca por el número de habitantes. Después de la obligada la visita al poco nutrido museo del pimentón, producto emblemático de estas tierras, me dirijo al paraje del Charco. En este ameno lugar, el agua de la garganta se remansa y retiene mediante una presa a modo de estanque donde el vecindario suele acudir a bañarse o tomar el sol tumbado en la arena depositada en la orilla. El día es caluroso y apetece refrescarse en estas frías aguas que bajan de la sierra de Gredos. O descansar en una de las cantinas mientras se restauran las fuerzas antes de llegar a la próxima estación.

Cuacos de Yuste es famoso por el monasterio donde se retiró y pasó sus últimos días aquel gran emperador que fuera rey de España. Después de la obligada visita al monasterio, desde la explanada en la  que se alza la portada sale una ruta que me conduce a Garganta la Olla. Emprendo la marcha sin preocuparme por el regreso pues, aunque la tarde está avanzada, es noche de plenilunio por lo que la vuelta promete convertirse en un agradable paseo. Desde el mirador de la Serrana puedo observar una estupenda vista del pueblo. Después de recorrer las calles del lugar entro en una taberna de la plaza donde elijo un cabrito cochifrito para comer regado con un vino de pitarra.

Emprendo el regreso acompañado por una luna como un queso en la tibia noche de verano. Por el camino, no puedo quitarme de la cabeza lo que me contaron en el pueblo sobre una Serrana salteadora de caminantes incautos:

Allá en Garganta la Olla,
en la Vera de Plasencia,
salteóme una serrana
blanca, rubia, ojimorena.

Aldeanueva me recibe en plenas fiestas. Así que aprovecho para hacer un alto en el camino y disfrutar con el vecindario de sus renombradas fiestas del Cristo de la Salud. A la mañana siguiente asisto a la procesión con la actuación de los danzantes bailando al son de la gaita y el tamboril ante el Cristo mientras entrechocan unos palitroques. En los días de labor, los lugareños se afanan con el cultivo del tabaco y el pimentón. Con el progreso el pueblo ha perdido el encanto de otro tiempo, ahogado por una serie de impersonales edificios que afean el conjunto…

En busca de mejores perspectivas, abandono el lugar desviándome de la carretera principal para dirigirme a Guijo de Santa Bárbara. Es el día elegido para la tranhumancia del ganado: Manadas de vacas suben al pueblo para alcanzar los pastos de verano de la ermita de Las Nieves.

Encaramado en la montaña junto al curso alto de la garganta Jaranda llego hasta el pueblo más encumbrado de la comarca. Tras admirar la tradicional arquitectura serrana paseando por sus calles, me encamino con la mochila a la espalda hasta alcanzar la portilla de La Jaranda. Todo un reto para senderistas y caminantes. Es un cálido sábado de julio y mucha gente acude a la garganta para refrescarse en alguno de sus numerosos charcos que forma a lo largo de su recorrido: Los más cómodos se quedan en los que se forman junto al puente por donde pasa la carretera que asciende al pueblo. Algunos pocos, más atrevidos, se aventuran por un estrecho sendero hasta el charco del Trabuquete. Una poza de cierta profundidad con sus cascada y todo. En pos de la tranquilidad y del contacto sosegado con la naturaleza, abandono el vocerío familiar y remonto la corriente siguiendo una senda bien marcada que pasa por los parajes conocidos como la majada de la Cicuta y Piemesaillo con sus chozos de piedra techados de retamas o escobas.

El camino serpea de un lado a otro el curso de agua sorteando la corriente mediante una serie de rústicos puentecillos de piedra y madera. Prosigo siempre arrullado por el rumor de las cascadas que vierten en alguna poza, como la de las Estacas. Es el momento de recuperarse del cansancio con un chapuzón en estas aguas fresquísimas y trasparentes. Con la única y reconfortante compañía de la naturaleza y de sus habituales inquilinos. Desde las altas peñas un rebaño de cabras monteses me observan con sorprendida curiosidad. La bajada con el sol puesto resulta un agradable y relajante paseo.

En Jarandilla, nos llama la atención su castillo, hoy acondicionado como Parador de Turismos. El pueblo se extiende a lo largo de la carretera principal que atraviesa la comarca. Como su vecino Villanueva (en cuya fiesta se debe encontrar todo el mocerío al reclamo del botellón que, para desencanto del viajero, también proliferan en las fiestas veraniegas de estos apacibles parajes). Y como Losar,  el siguiente pueblo.

Lo primero que llama la atención del viajero son las curiosas figuras esculpidas en los setos vegetales que bordean la calzada a lo largo de la travesía.  Y como todos los pueblos de la comarca, Losar cuenta con su garganta: Aquí la gente en verano busca la sombra y la frescura de las gargantas Vadillo y Los Cuartos, entre otras, porque este pueblo presume de tener varias de ellas. Tras el chapuzón correspondiente, es momento de repostar en algunos de sus restaurantes y buscar una posada donde alojarse. También me propongo hacer una visita de cortesía a Viandar y Robledillo en señal de buena vecindad.

Con las fuerzas y el aliento recuperado, tras un descanso reparador me dirijo caminando desde Viandar hasta Valverde.

Famoso en el mundo entero por los empalaos, impresionante manifestación de fe, hoy un tanto desvirtuada y convertida en reclamo turístico, convoca cada jueves santo una multitud que acude a presenciar el espectáculo. ¿Quién no ha oído hablar de los empalaos? Además de sus tradiciones, Valverde ha sabido conservar su fascinante arquitectura verata, en esto se lleva la palma. Hay que pasear por sus calles contemplando las fachadas con sus voladizos, balconadas y corredores; sin prisas, sin perderse un detalle, recreándose en sus rincones y plazoletas como la de la picota; en sus fuentes y en sus regueras siempre con el agua corriendo encauzadas por el medio de la calle… Desde este lugar se pueden hacer varias rutas, en esta ocasión parto desde la Plaza para seguir por una calle que me lleva a la ermita del Cristo del Humilladero, creo que se llama así, ya en las afueras del pueblo; el camino pasa por la garganta Naval hasta la fuente de Las Jaras.

Pero como el trayecto no ha resultado más corto de lo esperado, me da tiempo para llegar siguiendo otro camino hasta al próximo pueblo.

Y si Valverde es conocida por los empalaos, su vecina Villanueva lo es por el no menos afamado y controvertido Pero Palo, que se celebra en carnavales. Aunque el ladrillo y el cemento van relegando a los materiales autóctonos en nuevos edificios, este aún conserva un hermoso muestrario de arquitectura tradicional, destacando su interesante Plaza Mayor, donde me recreo captando algunas instantáneas para llevar de recuerdo antes de abandonar este encantador pueblo declarado conjunto histórico-artístico.

Con la visita a Madrigal y al airoso puente sobre la garganta de Alardos, damos por terminado el viaje. No sin antes, dirigir una ávida mirada al pico culminante del Sistema Central, el del Moro Almanzor ya cerca de Candeleda en tierras castellanas. En un intento de aproximación, aunque no cuento ni con el tiempo ni con las fuerzas necesarias, sigo la ruta  que partiendo del pequeño pueblo de El Raso lleva al castro celta (otra sorpresa y otra historia). Tras la inevitable parada, continúo la marcha. Desde la altura el impresionante morrión del caudillo árabe me lanza una mirada desafiante, que se convertirá en despectiva ante mi retirada. Pero no es un adiós, sino un “hasta luego”. Prometo regresar para emprender la conquista de la alta cumbre de Gredos.

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La Vera

Ser en la vida romero

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