Cinco hojas de higuera

CINCO HOJAS DE HIGUERA

Los que traen estas hojas: por sus gentes 
son caballeros claros y excelentes.

* * *

Trae por armas, en campo de oro cinco hojas de higuera de sinople, puestas en sotuer. (Sobre fondo amarillo, cinco hojas de higuera verdes colocadas en aspa).

Se trata del escudo de armas del linaje de los Figueroas, que tras campar a sus anchas por estos parajes, fue adoptado de hecho, y así se viene considerando tradicionalmente, como emblema heráldico de la Villa de Feria. Y como tal aparece ya en el diccionario de Madoz: «Esta villa hace por armas, en escudo dorado, 5 hojas verdes de higuera».

Tras su origen, el rastro nos conduce hasta una época tan remota y oscura como la Alta Edad Media, por lo que ya la hiedra de la leyenda ha cubierto las ruinas de la historia; allá entre la niebla misteriosa de una tierra, la gallega, donde los límites entre lo real y lo mágico son tan imprecisos. Y adonde vamos a trasladarnos a renglón seguido.

Concretamente a una aldea del concejo de Abegondo, a tiro de piedra de Betanzos. Asiento de las posesiones de una familia de rancio abolengo, cuya presencia se halla atestiguada por la torre blasonada que se levanta entre las suaves y verdes colinas de este lugar cuyo nombre nos sonará al menos: Figueroa.

Solar y cuna de este antiquísimo linaje, que los viejos genealogistas hacen remontar a la monarquía visigoda. Con el avance de la Reconquista pasarán a León y a Castilla hasta que ya, en el ocaso de la Edad Media, Lorenzo Suárez de Figueroa (Señor de la Torre de Montuerque, y de la Casa de Figueroa, Comendador mayor de León de la Orden de Santiago, para la que se vio elegido Maestre en 1387; y uno de los gobernantes del reino, como miembro del Consejo de Regencia durante la minoridad del Trastámara Enrique III) Consigue de este monarca, y para su primogénito, el Señorío, después Condado y, a partir de 1576 Ducado de Feria, etc. etc.

Pero esto sucedió ayer mismo, como quien dice, y a partir de aquí el camino se allana y despeja, siendo de sobra conocido y transitado.

Regresemos, por tanto, al Pazo de los Figueroas, en cuyo portalón de entrada nos topamos de golpe y porrazo con el blasón de las cinco hojas de higuera. Y desde aquí viajar, a través del tiempo, hasta los albores del Medievo, retrocediendo la friolera de 1212 años.

Preparados, listos…, ya.

Nos hallamos en el año 784. El bravo toro de España ha doblado la cerviz bajo el yugo del Islam: Los musulmanes son ahora los dueños y señores de toda la Península. Apenas un puñado de cristianos ha logrado refugiarse entre las escabrosas montañas del norte donde habitan los indómitos cántabros y astures. Con ayuda de éstos, y luego de varias escaramuzas, han conseguido ahuyentar a los invasores, resistiendo ferozmente en la cornisa, una estrecha faja de tierra de alocada orografía, que ya se desparrama por la marina gallega.

El reyezuelo de este embrión de reino es a la sazón un tal Mauregato (El hijo de la mora cautiva o maurae capto). «Un bastardo —según oímos comentar en voz baja— concebido noramala en el vientre de una sierva, que ha usurpado el trono con ayuda de los sarracenos, tras rivalizar con los partidarios del legítimo sucesor».

En consecuencia, no sólo suspende las hostilidades contra los invasores, sino que se declara su vasallo obligándose al pago de un tributo anual en señal de sumisión y dependencia. Tributo que consiste, entre otras gabelas, en la entrega de cien doncellas cristianas —cincuenta nobles y cincuenta de la plebe— para engrosar y renovar los harenes de los caudillos y gerifaltes árabes.

Desde nuestra privilegiada atalaya, asistimos estupefactos e impotentes a un lamentable espectáculo: Las gentes del rey, después de arrancarlas por la fuerza de sus hogares, conducen a las doncellas a una fortaleza que hay cerca del desembarcadero de Betanzos, donde serán recogidas por los moros para trasladarlas en sus galeras hasta al-Andalus. Deshechas en llanto las jovencísimas criaturas van mesándose los cabellos y arañándose sus bellos rostros, desfigurándose para aparecer feas a los ojos de los enemigos de su tierra.

Entre ellas se encuentran las hijas de un hidalgo de estirpe goda, caído en desgracia por apoyar al depuesto Alfonso, legítimo heredero de la corona. Pero este noble caballero no se resigna a perder a sus hijas; sino que, de acuerdo con sus hijos varones y con el apoyo de sus leales, está dispuesto a vender cara su honra encabezando la sublevación contra tan afrentoso e infame tributo.

La emboscada ha sido tramada sin dejar un cabo suelto: Varios hermanos envueltos en velos femeninos se mezclan con las doncellas, otros se apostan al acecho para alertar a los demás, que aguardan expectantes el momento oportuno al amparo de unas higueras que hay allí cerca.

Y ante el primer desembarco, caen como halcones sobre los desconcertados musulmanes. En vano intervienen los guerreros de la escolta; más y más hidalgos, infanzones y villanos blandiendo armas, aperos o estacas salen de entre las higueras y acometen con furia a los enemigos hasta que consiguen derrotarlos y liberar a las doncellas.

La lucha ha sido tan encarnizada que, a la postre, podemos presenciar cómo el padre y los hermanos de las jóvenes que desencadenaron esta hazaña, habiéndoseles roto las espadas, arrancan ramas de las higueras y empuñándolas como armas siguen arremetiendo con ellas: Ramajes que después colgarían orgullosamente en el dintel de sus puertas y ventanas.

Hasta aquí nuestra incursión en el pasado.

Se cuenta que, en recuerdo de estos hechos, los hijos de este bravo hidalgo pusieron en su escudo unas hojas de higuera y sus descendientes fueron conocidos con el sobrenombre de Figueroa. Acontecimiento que todavía sigue en boca de la gente de aquellos lugares y que algunos quieren atisbar en la toponimia: Así, Peito Bordelo, o pacto del oprobio; Las Traviesas, donde los moros fueron atravesados; Ardemil, porque allí ardieron mil; Valdoncel o valle de las doncellas, amén de Figueroa, derivado de figuera «higuera».

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Escudo del Maestre de Santiago don Lorenzo Suárez de Figueroa en las murallas de la fortaleza.

La literatura también se encargaría de recoger esta tradición; como botón de muestra valga este fragmento del Carlo Famoso (1566) de Luis de Zapata:

Las cinco verdes hojas de la higuera
En el escudo de oro bien pintado.
Que así a los suyos de la Edad primera
Los Condes de Trastámara han dejado:
Son las armas de los que en tal manera
De Figueroa, como ellos, se han llamado.
Los que traen estas hojas: por sus gentes
Son caballeros claros y excelentes.*

cinco hojas de higuera

O este romance de Herbella del Puga, que data ya de 1814:
Presentados los Figueroas,
que heroicos recuperaron
de los moros las doncellas
del feudo de Mauregato:
Cuando al ver que las llevaban
cautivas, perros malvados,
para su Peito Burdelo,
valiente se abalanzaron
a unos ramos de higueras
con los cuales batallaron;
vencido el enemigo,
quedaron dueños del campo,
restituidas las doncellas
a sus casas y palacios,
y cinco hojas de higuera
en su escudo colocaron.

Juan José Becerra Ladera

Ser en la vida romero

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Aquí viene el mayo

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Ya estamos a treinta
de abril cumplido.
Alegraos damas,
que mayo ha venido.

Ya ha venido mayo
por esas cañadas
bendiciendo trigos,
granando cebadas.

Ya ha venido mayo
bienvenido sea,
para que galanes
cumplan con doncellas.

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Aunque el mes de abril está a punto de despedirse, el invierno continúa tenazmente aferrado en los picachos de las montañas. El viajero,  sorprendido por una rezagada e intempestiva nevada, supera con dificultad el puerto siguiendo una tortuosa y empinada carretera que lo conduce hasta la vecina comarca leonesa (“Está usted en Babia”, le espeta un cartel sin ningún miramiento). Y es cierto. En las cumbres de este remoto territorio asiste al nacimiento del río Sil, a estas alturas apenas un regato que se precipita ágilmente entre peñas y que se pega a su vera para no abandonarlo hasta que, serenado su ímpetu juvenil por una serie de represas, se convierta en un río digno de tal nombre antes de entregar su abundante caudal, acrecentado por el deshielo primaveral, al padre Miño, confirmando el refrán que dice “el Sil lleva el agua y el Miño la fama“.

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Tras abandonar el valle de Laciana, el viajero transita siguiendo el cauce del río por El Bierzo, comarca vinícola y minera, dentro del límite provincial de León aunque ya en el área lingüística del gallego, para dirigirse a Villafranca del Bierzo. Esta sorprendente villa rodeada de verdes montañas y ensimismada en su historia, constituye un hito destacado en el camino jacobeo, que atraviesa la comarca, antes de arribar finalmente en Galicia.

No me llames gallega
que soy berciana,
cuatro leguas p’arriba
de Ponferrada.

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En su iglesia de Santiago y postrados ante las arcadas de la puerta del Perdón, los peregrinos que ya no podían ni con su alma, extenuados por el cansancio o por alguna enfermedad que les impedía llegar a Compostela, ganaban y aún pueden obtener las mismas indulgencias y prerrogativas que si hubieran llegado hasta el presunto sepulcro del Apóstol cerca ya del Finis Terrae: “Perdón, mi señor Santiago, no puedo más”.

Estamos a primeros de mayo y al viajero le dan la bienvenida unos curiosos personajes emperifollados con plantas naturales y flores silvestres. Son mayos humanos o vivientes, destinados como todo este tipo de festejos primaverales, a celebrar el despertar de la naturaleza pasado el letargo invernal, que solicitan al vecindario maiolas (castañas pilongas), alimento esencial en otros tiempos aunque hoy en día aceptan dinero contante y sonante de mejor grado.

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Levántate Maio
que tanto domiche
xa pasou o cuco (o inverno)
e non o sentiche.

Tire maiolas,
señora María,
tire castañas
que as ten na cociña.

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Los Mayos animados, dependiendo de la generosidad del donante, rematan con uno u otro de estos estribillos: “esta casa es de ferro, onde vive un cabaleiro“; o bien, “esta casa es de lousa, onde vive una roñosa“, con esa fala propia de la tierra.

Sin más demora se adentra, dejándose llevar por su inseparable acompañante, en la comarca gallega de Valdeorras, pizarrera y vinícola. Y embriagado por la emoción o más bien por los caldos de la tierra, se anima y se pone a canturrear con los Tamaras:

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“Vou subindo montañas,
cruzando valles,
sempre cantando,
o verde me acaricia
porque a Galicia
xa estou chegando…”

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Pero se olvida del “paragüitas por si la lluvia me va mojando” porque esta vez, en contra del tópico, no es la lluvia sino un sol radiante el que lo espera y le obliga a despojarse de su atuendo invernal para presentarse ante la primavera con todos los honores.

En El Barco de Valdeorras, los mayos presentan una estructura cónica o piramidal  cubierta con ramajes de retamas, hinojos y otras yerbas que a la sazón lucen sus mejores galas: decorados con guirnaldas de flores silvestres, collares de agallas de roble, etc.  siendo estos los más tradicionales o enxebres. También los hay que reproducen cualquier figura, llamados figurativos o artísticos normalmente adquieren forma de cruz o cruceiros, revestidos con los mismos motivos vegetales.

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El viajero se recrea contemplando la exuberante profusión de mayos con sus correspondientes mayas, niñas y jóvenes vestidas de blanco y coronadas de flores, que simbolizan y encarnan la primavera.

También asiste a una demostración de artesanía popular y oficios tradicionales al aire libre. Y  observa a las palilleiras tejiendo sus encajes de bolillos, al afilador con su rueda de amolar entre otros que le traen recuerdos de su remota infancia… Para terminar reponiendo fuerzas en una pulpería, allí mismo instalada, con la ingestión de una contundente ración de pulpo a feira que le sabe a gloria.

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Transitoriamente abandona el curso del río que vió nacer allá en la alta Babia. Y en su incesante caminar, se desvía hacia la comarca de O Bolo. En Viana oye hablar de los maios: jóvenes que recorren las aldeas cubiertos con musgo, hiedra y flores, mientras la gente les echan castañas pilongas desde la ventana; pero de ello apenas queda el recuerdo en algunos vecinos. Costumbre semejante a la que presenció en tierras bercianas.

Aquí ven o maio
vestido de flores
Ahí ven san Xuan
que as trae mellores.

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Aludiendo de paso a otra costumbre popular relacionada con el culto al reino vegetal y la exaltación del amor como es la de los ramos y enramadas: Estás últimas formadas por ramilletes floridos que los mozos colocan en las puertas y ventanas de las muchachas a las que pretenden durante la noche de San Juan (noite meiga) o para espantar a los malos espíritus. Y a la recogida de hierbas con carácter medicinal y mágico (hacer hechizos o protegerse de ellos), coincidiendo con  el solsticio de verano o apogeo del sol, con las hogueras como rito principal:

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Salto por en riba
do lume do San Xuan,
para que non me trabe
nin cobra nin can.

(Salto por encima / del fuego de San Juan, / para que no me muerda / ni culebra ni perro.)

Como el viajero no dispone de mucho tiempo, coge el pendingue porque quiere llegar a Verín esta misma tarde para dirigirse a la vecina Laza. Poblaciones ambas que ya visitara con ocasión de sus vistosos y afamados carnavales con los cigarrons y peliqueiros como protagonistas.

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Pero estamos en mayo y los turbulentos  carnavales quedaron atrás entre las brumas del invierno, ya pasada la lánguida cuaresma seguida de la Semana Santa. Y Laza, pueblo amante de sus tradiciones y ejemplar en este sentido, se dispone ahora a celebrar con gran solemnidad las fiestas de la Cruz de Mayo. Fiestas que se inauguran con la elevación del “maio” (el mayo), un pino que cortan los mozos en el bosque, el más alto y esbelto que encuentran y que arrastran en un carro hasta el pueblo, después de despojarlo de sus ramas bajas dejándole un cogollo o penacho frondoso en la picota que decoran con cintas y banderines. Si no es lo bastante alto, como en esta ocasión, le empalman otro con el fin de competir en altura con el del año pasado. Finalmente lo elevan y plantan al atardecer con el concurso de toda la mocedad.

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Allí entabla conversación con un vecino. El cual tras observarlo con la curiosidad y recelo que despierta todo vagabundo, le pregunta que si es peregrino. Por aquí pasa el camino de Santiago que, por Sanabria y tras salvar los puertos de Padornelo y de La Canda, dirige a los caminantes procedentes del sur cruzando la cálida y entrañable tierra extremeña por la antigua calzada romana hoy conocida como Ruta de la Plata. Así que lo primero que le preguntan es que si va de peregrinación a Santiago.

Se trata de un maestro jubilado que sabe hasta latín, pues según le manifiesta se licenció en lenguas clásicas. Aunque natural de Salamanca, se casó con una gallega y fijó su residencia en estos lares. Por tanto el “peregrino” se encuentra en su salsa, hablando de latines, jubilación y tradiciones populares con él, que le explica el significado de la ceremonia que se dispone a presenciar.

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 Y el viajero, convertido ahora en improvisado peregrino, asiste a la plantada y elevación del pino tomando fotografías del evento antes de que la noche se eche encima.

La fiesta culmina el día tres por la mañana, según le relatan, con la procesión del Santo Cristo, cuando la banda de música recorra el pueblo para recoger a los participantes en los festejos y finalmente se dirige hacia la plaza de la Picota a buscar a Eva, una moza soltera de la localidad que ha sido elegida en secreto hasta que hace su aparición, vestida de blanco, con una guirnalda vegetal en la cabeza y flores adornado su vestido, una rueca en una mano y un cestillo de frutas en la otra.

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Después tiene lugar una curiosa representación tras la cual continúa la procesión y, llegados al atrio de la iglesia, hay una última danza. Allí se reparte también entre los danzantes la “rosca”, dulce de la zona que se lleva en la procesión junto a un ramo de laurel adornado con cintas, lazos y naranjas.

Nos encontramos, le explican, ante la supervivencia de una pareja pagana, el mayo y la maya, aquí y ahora cristianizada como Adán y Eva. La fecha elegida, el alzamiento del árbol y el énfasis de los motivos vegetales en el vestuario de Eva, relacionan la función con antiguos ritos precristianos que festejan y propician la fecundidad y la renovación primaveral del ciclo de la vida.

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Pero el viajero no puede presenciar el acontecimiento porque el día 3 quiere llegar a Orense y se conforma con la descripción de su espontáneo y amable compañero. Cuando se dispone a abandonar el lugar, llama su atención esta desgarradora declaración como despedida: “Dejaré de mirarte pero no de quererte, hasta siempre pequeño corazón cobarde”.

Pero el marinero en tierra no está dispuesto a dejar el corazón anclado en ningún puerto: por eso hace oídos sordos a los cantos de sirena y se bate en retirada reanudando el camino de momento a pie como un auténtico peregrino sin volver la vista atrás.

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En esto lo alcanza otro que le pregunta si falta mucho para el próximo albergue, pero el espontáneo caminante, no conoce mucho el terreno que pisa y no sabe responderle con la precisión que quisiera. El recién llegado tiene gana de charla y le cuenta su vida y milagros; entre tanto le pregunta que de dónde es y el viajero le contesta que es de Extremadura. “¿De qué pueblo?”. Y para su sorpresa, le describe con pelos y señales su tierra y su lugar de nacimiento: “Allí bien plantao en lo alto, al amparo de un castillo encaramado en un risco, con las calles de esta manera y de la otra, con las casas así y asao…” Finalmente, se despide cariñosamente con un “¡adiós, corito, que todo vaya bien!” Y el corito le anima con el saludo de los peregrinos: ¡Ultreya! (adelante).

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Ya puesto de nuevo en verea, y tal como le marca su hoja de ruta, enfila hacia la comarca conocida como Ribeira Sacra, denominación que se debe a los numerosos monasterios y templos que jalonan la zona ubicados en las laderas de los escarpados cañones por donde discurre el Sil, su fiel guía y compañero, que abandonara durante cierto trecho y que por estos recónditos parajes vuelve a encontrar, antes de juntarse con el padre Miño en Os Peares, donde también se detiene contemplando el espectacular paisaje.

Orense, ya a tiro de piedra, lo espera venerable y vetusta como el puente de piedra por donde se adentra en la ciudad, que salva el río gallego por excelencia.

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A la ciudad de las Burgas (“En Ourense, bon vino e auga quente”) llega, como tenía previsto, el día 3 de mayo, con un sol radiante que realza la alegría de la fiesta. Y mezclado con el paisanaje, el viajero se dispone “para celebrar el esplendor de la vegetación en primavera”, como antaño celebraron los antiguos habitantes de estas tierras:

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Porque sabe por boca de su entendido amigo mientras cataba una taza de ribeiro que «los celtas dividían el año en dos periodos de seis meses, dos estaciones relacionadas con sus creencias sobre los dos mundos: uno de luz y otro de sombra. La estación luminosa comenzaba en mayo y se cerraba en noviembre, dando paso a la parte oscura del ciclo anual con fiestas que perviven en las actuales de Halloween o en la cristianizada de Todos los Santos, con los magostos gallegos y chaquetías o tosantos extremeños, reuniones festivas alrededor de una hoguera en la que se asan castañas. Por otra parte, los romanos de clima más cálido alargaban la estación luminosa y creativa (vera) en la que distinguían dos fases: Prima vera y veranum tempus, de la misma raíz (ver-) indoeuropea relacionada con la regeneración y el crecimiento como verdor y vergel.

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En la antigüedad clásica el 3 de mayo ponía fin a las floralias, festivales iniciados ya en abril en honor de Flora soberana de las flores de eterna juventud; el propio mes debe su nombre a Maya a quien estaba dedicado. En honor de estas diosas protectoras de la floración y la fertilidad se celebraban lujuriosas fiestas y solemnes procesiones con fama de licenciosas».

Por eso los mayos y las mayas, sean humanos o inanimados, se cubren simbólicamente con toda clase de vegetación y tienen al árbol, a las flores y a la poesía como protagonistas. Dando lugar a versos improvisados para la ocasión:

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Aquí ven o maio
cargado de flores,
Aquí ven o maio
sementando amores.

Aberto de brazos
parece o cruceiro
que baila a muñeira
o son do pandeiro.

Unha flor moi linda
díxome ó oído
xa veñen os maios
co seu colorido.

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Y otras como las que oye entonar a unas jovencitas en torno a un mayo (este reproduce un cruceiro) de los muchos expuestos en una céntrica plaza orensana, animada por la música de una banda de gaitas.

Sea neolítico, celta o romano el origen de las fiestas, todas las civilizaciones, con la llegada del buen tiempo, tuvieron al árbol y a las plantas en general  como objeto de sus cultos desde los albores de la humanidad. Celebraciones que, ahogadas por el progreso y el ajetreo de la ciudad, son ya un pálido reflejo, el eco mortecino de otras épocas en la que el hombre sentía el latido de la naturaleza y vivía en armoniosa sintonía con ella.

mayos.24

Con la cristianización el árbol, símbolo de la naturaleza, será suplantado por la cruz, símbolo del cristianismo en la que murió para resucitar (tambien en primavera) el propio Jesucristo para redimirnos de las tinieblas del pecado. El árbol de mayo transformado en árbol de la cruz o cruz árborea (ramificada y florecida), tras un proceso de sincretismo que enlazan  las sureñas y coloristas fiestas de la cruz con los primitivos rituales consagrados a celebrar la la llegada de la estación luminosa y con ella la regeneración de la vida.

El viaje ha llegado a su fin y el viajero emprende el regreso volviendo sobre sus pasos hasta los montes de Somiedo sin abandonar el curso del río que tantas sensaciones y vivencias le ha proporcionado en este breve pero provechoso periplo, mientras suspira con su querida Rosalía:

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Adiós, ríos; adiós, fontes;
adiós, regatos pequenos;
adiós, vista dos meus ollos:
non sei cándo nos veremos.

Pero con las fuerzas agotadas, baja la guardia y no puede evitar el ataque por sorpresa de la añoranza ni esquivar el zarpazo de la melancolía al recordar que estamos a 3 de mayo: Día de la Invención de la Santa Cruz. Y evocar que, a esta misma hora, por las tortuosas y empinadas calles de algún remoto y altivo pueblo extremeño de más temprana, radiante y dilatada primavera (que por estas umbrosas latitudes de fugaces candilazos), discurre cerrando el cortejo de otras muchas, una cruz dorada, deslumbrante de rayos y espejuelos, ataviada de flores y conmovedora en su paradisíaca belleza. Una cruz que llena de gozo el aire diáfano y los corazones de los hombres y mujeres que salen a su encuentro con canciones que resuenan en sus oídos como una caricia:

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Cruz bendita de mayo,
a veros vengo
con el alma y la vida
que más no tengo.

Tú eres la insignia
la más hermosa,
que el día tres de mayo
te cubres de rosas.

Oh árbol fecundo,
árbol más dichoso,
por haber tenido
cuerpo tan hermoso.

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Sacrosanta insignia, árbol de la vida (“Hermano, abraza tu Cruz; que es un madero en flor”) que simboliza y proclama a los cuatro vientos el triunfo de la fe cristiana sobre los viejos, nebulosos y ancestrales mitos paganos como aquella que, resplandeciente, apareció en el cielo de Puente Milvio antes de la decisiva batalla: “Con esta señal vencerás”.

© Juan-José Becerra Ladera

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