La tierra que pisamos

Un paseo literario por Feria (Extremadura)

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A comienzos del siglo xx España ha caído bajo las garras de un siniestro imperio europeo que domina gran parte del mundo. Tras la conquista, las élites militares eligen un pequeño pueblo de Extremadura como gratificación para los mandos a cargo de la ocupación (“Este pueblo era el regalo, el premio a una juventud consumida en la batalla allí donde el imperio lo había reclamado“). Eva Holman, esposa del coronel Iosif Holman, vive su idílico retiro en la paz de su conciencia hasta que recibe la visita inesperada de un hombre, que empezará ocupando su propiedad y acabará por invadir su vida entera.

Aunque el nombre del pueblo se soslaya, este es el paisaje ancestral evocado en «La tierra que pisamos»: “A miles de kilómetros de la patria, a este rincón del exótico sur, que hemos convertido en nuestro apacible y pintoresco lugar de retiro“. El nombre de este pueblo no es otro que Feria. Por donde proponemos una ruta literaria deteniéndonos en los lugares, parajes y monumentos de este encantador pueblo extremeño, escenario donde Jesús Carrasco sitúa e imagina parte de las peripecias de Leva, el hombre del huerto, ese sigiloso y reservado personaje de la novela profundamente arraigado en su tierra: “En el hombre del huerto hay sentimientos de otra calidad. Vínculos que enlazan a las personas con la tierra en la que han nacido“.

EL PUEBLO:

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Con los puños llenos de tela y los ojos cerrados, he tratado de concentrarme en la oscuridad exterior. Y así, he imaginado que me asomaba al porche elevado sobre el fragante césped que rodea la casa y, desde allí, he dirigido mi atención hacia el frente, al lugar donde el predio se asoma al valle. A lo lejos titilan las farolas de gas del pueblo, encaramado como un galápago a las faldas del castillo (1).

Aquellas cimas desde las que las laderas se escurren. Los amplios valles y, a lo lejos, la llanura de Barros…. (57).

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Levanto la cabeza en busca del amplio horizonte de la Tierra de Barros y ahí está su chaqueta oscura, colándose entre las tablas blancas, penetrando sucia en nuestra propiedad. Kaiser se ha acercado y lo olisquea curioso por este lado de la verja (2).

HUERTO DE LEVA:

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En mi mente desciendo los escalones de madera y camino unos pasos sobre la hierba húmeda hasta la verja que domina el huerto de la terraza inferior. No oigo nada allí, ni siquiera el áspero roce de las hojas ya secas del maíz. Me giro hacia la casa para recorrer la parte trasera de la propiedad. En los tiestos sujetos a la balaustrada del porche crecen formas confusas. La campana de alarma cuelga del tejadillo sobre ellas y su cuerda casi las toca. A la izquierda del edificio se levanta la gran encina, un ser poderoso y rotundo, cuya copa invade parte del alero. Al otro lado, entre la vivienda y el camino, el pequeño establo con sus ventanucos enrejados y sus tejas alomadas. Dentro, ni siquiera se oye a la yegua rascar el suelo de pizarra con sus herraduras. Tampoco se oye a Kaiser, nuestro perro; era de suponer, porque es sin duda el animal más indolente que se pueda imaginar (1).

LA CRUZ DEL REAL:

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Me detengo en el Pilar de la Cruz (del Real), como tantas veces, para que la yegua abreve. El animal moja la lengua en el agua oscura con Leva recostado junto a sus cascos, a punto de ser molido a culatazos. Todo lo que me rodea, el pilar, la recurva, el cercano castillo, los caminos, está ahora ocupado por sus sombras, que llegan al pueblo custodiados desde los campos. Los conducen al templo, un corazón que late al revés, absorbiendo los fluidos, y que ya solo bombeará una vez más (61).

EL CASTILLO:

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En el castillo, un cabo de guardia me conduce hasta el dispensario, al otro lado del patio de armas. Golpea la puerta, primero con suavidad y luego con fuerza. Elevo la vista hacia la torre del homenaje, imponente y austera, que se levanta en un extremo del recinto. Las contraventanas están cerradas (30).

SIERRA VIEJA:

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El sol proyecta sombras oscuras bajo los almendros. Cada cierto tiempo se oyen disparos seguidos por el aleteo de las aves asustadas. Algunos parecen provenir del pueblo pero otros, más cercanos, se están produciendo en las lomas de la Sierra Vieja. Leva aún, encapuchado, sabe de dónde vienen las detonaciones. Piensa en los predios con aceituna que su primo tiene al pie de la cumbre del pico  que llaman el Mirrio, el más alto de los próximos al pueblo y desde cuya cumbre se domina incluso la terraza de la torre del homenaje del castillo (57).

LA ALBUERA:

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Sube la pequeña meseta que forma la curva han ido acumulando camiones con caja de lona, vehículos ligeros, motocicletas y una docena de cañones de gran calibre que aguardan a ser emplazados en el castillo y en las defensas naturales de sus faldas. Sientan a Leva en el suelo con la espalda apoyada en el abrevadero y encienden cigarrillos. A lo lejos brilla la lámina de agua del pantano de La Albuera rodeada de una ancha uña de tierra gris y estéril (57).

CALLE DUQUES DE FERIA:

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Llegan al pueblo por el Pilar de la Cruz, un collado en el que, adosado a una casa, hay un abrevadero en el que los animales paran antes de encerrarse en los corrales o de salir a los campos. Hacia el norte, la ladera se inclina en dirección a La Albuera, y por el sur es el pueblo el que ocupa la pendiente con sus casas blanqueadas. De este lugar parten caminos hacia Burguillos y La Parra, y allí, la calle del Duque, que viene desde la iglesia, se retuerce para continuar subiendo hacia el castillo (57).

RINCÓN DE LA CRUZ

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En la calle del Duque la gente me mira al pasar. Saludo con la cabeza mientras siento sus ojos en mi espalda. En las rejas hay ya banderolas y estandartes. Todo está dispuesto para el Jubileo. En el que fuera el Rincón de la Cruz, una plazuela en la parte baja de la calle, ondea nuestra bandera sobre la columna de granito. Imagino los cantos de los zapateros,sentados en los escalones en pendiente. Rodeados de piezas de cuero y leznas que afilan en la piedra de molino que se levanta tras la columna (61).

CASA FAMILIAR:

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Habría sabido incluso el momento en el que pasaban frente a la puerta de su casa. De haber podido verla, le habría sorprendido que la puerta estuviera abierta de par en par, no entornada como es costumbre en los pueblos sureños. Su casa, igual que las demás en aquella parte del pueblo, está asentada sobre la ladera que mira a la llanura. Desde la puerta de la calle arranca un pasillo que desciende hasta el corral posterior. Las bóvedas son curvas y en ellas la cal se desportilla por la humedad proveniente de los techos fisurados. Las vistas desde allí son majestuosas. En los atardeceres de verano, el sol amarillea el cielo por poniente. Un convoy militar avanza hacia el suroeste por la carretera de Badajoz (64).

PLAZA DE ESPAÑA:

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Me apeo en la plaza de España, donde algunos conocidos toman un aperitivo en los veladores. Noto que también ellos me siguen con sus ojos cuando desmonto y apersogo a Bird en la reja de la iglesia (61).

FACHADA NORTE:

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Podría entrar en el templo a la carrera, escabullirme, pero prefiero detenerme delante de la portada y dedicarle una mirada al san Bartolomé que la corona. Lleva su cuchillos en alto, pisa a Belial. Sus imágenes, nuestras armas (61).

EL PRESBITERIO DE LA IGLESIA

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Luego, cuando su curiosidad queda por fin saciada, continúan su camino en dirección al retablo mayor, al pie del cual la gente se reparte por el presbiterio. De entre los cuerpos sobresale el altar de granito, vestido con un mantel blanco cuadriculado por los dobleces de la plancha. A base de gritos y de enseñar las culatas, los soldados consiguen que la comitiva llegue a su destino. El capitán se toma su tiempo para observar el retablo cargado de motivos dorados. En la credencia toma en sus manos algunos objetos litúrgicos y durante unos segundos los valora (60).

El sacerdote aparece por la puerta de la sacristía y camina hacia el presbiterio. Cambia objetos de lugar, dobla un paño y luego camina hacia el ambón, donde hojea un libro. Solo repara en mí cuando levanta la vista tratando de ver algo que hay en el órgano que hay a  mi espalda (62).

PORTADA SUR

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Poco después de que el capitán y sus acompañantes hayan abandonado esta nave, llega el primer camión. Un vehículo con caja de madera cuyas ruedas, de caucho macizo , están montadas sobre llantas de radios fundidos. Han dispuesto sacos terreros y tablas en los escalones de la portada lateral que da a la Corredera para formar una rampa y poder así meter el vehículo hasta la misma entrada. Luego en una maniobra abrupta, reculan el camión y lo suben sobre la tosca pendiente. Crujen las maderas y se prensan los sacos bajo ellas. Al camión le cuesta encarar el primer tramo y tienen que meter más tablas y nuevos sacos para hacer más suave el arranque de la rampa. Por fin, cuando tienen el camión empotrado en la portada, los soldados de dentro abren las hojas y, por primera vez en muchas horas, los cautivos reciben el aire de la calle. Se forma un revuelo al ver allí, apretada, la caja del camión (61).

LA CORREDERA:

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Leva se pregunta por aquel hombre, mayor que él, al que conoce de toda la vida, con cuyos hijos él se ha criado. Juntos bajando las cuestas, haciendo rodar los aros. Juntos atrapando ranas y ayudando en la matanza. Los niños de este pueblo son otro pueblo. A nadie se deben cuando consumen sus días en juegos inútiles, sin otro propósito que el juego. La risa en la Corredera, los helados de Jaramillo en verano, los barquillos en invierno. Las puertas de las casas todas entornadas, nunca cerradas. Cortinas colgando que se mecen, porque allí no corre el aire en agosto, salvo en las noches perfumadas (57).

CALLE NUEVA:

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Imagino a las mujeres reunidas en alguna de las casonas de la calle Nueva, tomando té frío, enumerando mis rarezas o criticando ese empeño en vivir apartado de los demás que, sin duda, me atribuyen solo a mí. Ahora esas habladurías han sido confirmadas por el escandaloso hecho de tener a uno de ellos viviendo en nuestra tierra. «Escondido», dirán ellas y con razón (18).

CASA MATEO:

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A mediodía les dan una nueva ración de alimento: pan, arenques secos y vino de pitarra que los militares han saqueado de Casa Mateo, el colmado próximo. Un soldado les entrega un mendrugo de pan y un arenque, y otro, que llevaba una garrafa forrada en mimbre, va escanciando vino en cacillos de aluminio. Al oír el líquido romperse contra el metal, los hombres sueltan la comida y y palpan el suelo en busca del recipiente pensando que será agua (63).

CALLE Nª Sª DE GUADALUPE:

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Hacen el mismo camino que el resto de sus paisanos. La calle de Nuestra Señora de Guadalupe, empedrada con lajas de pizarra encajadas de canto. Los burros se agarran a esos biseles cuando van cargados. Meten la punta de los cascos y ascienden seguros incluso en los días en que las calles canalizan las lluvias (64).

HUERTO DE LAS GUINDAS:

Imagino que pasa su tiempo tendido a la sombra de alguna encina del Huerto de las Guindas. Puede que abrazado a su tronco, murmurando sus cantinelas sobre el lugar al que anhela llegar. Allí es donde el camión se detiene no mucho después de dejar el pueblo porque los invasores, guiados por el secretario del ayuntamiento, han elegido un paraje cercano para reunir en él a todos sus habitantes (77).

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A pesar de la luz ambigua de la media luna, reconocen inmediatatamente el paraje. Es el Huerto de las Guindas, uno de los lavaderos comunales al que las mujeres del pueblo llevan la ropa. Tablas de piedra alrededor de una pileta donde se canta y se ceban chismes al tiempo que se golpea la ropa. Por todas partes hay carbones y restos de ceniza de la que las mujeres usan para hacer las coladas (77).

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Entonces se da cuenta de que allí no están porque el Huerto de las Guindas está encajado en el fondo de un pequeño valle y no hay explanadas en los alrededores lo suficientemente amplias como para albergar a los habitantes del pueblo. A lo sumo, algún claro entre las encinas, pero tan comido por las zarzas y los piornos que es imposible transitarlo (77).


TEXTO: Fragmentos de la novela La tierra que pisamos  de Jesús Carrasco.
Fotografía y presentación: LA VOZ DE FERIA


ÁLBUM DE FOTOS

La tierra que pisamos

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EVOCACIÓN DEL PAISAJE

INICIOSUBIR

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Aquí viene el mayo

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Ya estamos a treinta
de abril cumplido.
Alegraos damas,
que mayo ha venido.

Ya ha venido mayo
por esas cañadas
bendiciendo trigos,
granando cebadas.

Ya ha venido mayo
bienvenido sea,
para que galanes
cumplan con doncellas.

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Aunque el mes de abril está a punto de despedirse, el invierno continúa tenazmente aferrado en los picachos de las montañas. El viajero,  sorprendido por una rezagada e intempestiva nevada, supera con dificultad el puerto siguiendo una tortuosa y empinada carretera que lo conduce hasta la vecina comarca leonesa (“Está usted en Babia”, le espeta un cartel sin ningún miramiento). Y es cierto. En las cumbres de este remoto territorio asiste al nacimiento del río Sil, a estas alturas apenas un regato que se precipita ágilmente entre peñas y que se pega a su vera para no abandonarlo hasta que, serenado su ímpetu juvenil por una serie de represas, se convierta en un río digno de tal nombre antes de entregar su abundante caudal, acrecentado por el deshielo primaveral, al padre Miño, confirmando el refrán que dice “el Sil lleva el agua y el Miño la fama“.

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Tras abandonar el valle de Laciana, el viajero transita siguiendo el cauce del río por El Bierzo, comarca vinícola y minera, dentro del límite provincial de León aunque ya en el área lingüística del gallego, para dirigirse a Villafranca del Bierzo. Esta sorprendente villa rodeada de verdes montañas y ensimismada en su historia, constituye un hito destacado en el camino jacobeo, que atraviesa la comarca, antes de arribar finalmente en Galicia.

No me llames gallega
que soy berciana,
cuatro leguas p’arriba
de Ponferrada.

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En su iglesia de Santiago y postrados ante las arcadas de la puerta del Perdón, los peregrinos que ya no podían ni con su alma, extenuados por el cansancio o por alguna enfermedad que les impedía llegar a Compostela, ganaban y aún pueden obtener las mismas indulgencias y prerrogativas que si hubieran llegado hasta el presunto sepulcro del Apóstol cerca ya del Finis Terrae: “Perdón, mi señor Santiago, no puedo más”.

Estamos a primeros de mayo y al viajero le dan la bienvenida unos curiosos personajes emperifollados con plantas naturales y flores silvestres. Son mayos humanos o vivientes, destinados como todo este tipo de festejos primaverales, a celebrar el despertar de la naturaleza pasado el letargo invernal, que solicitan al vecindario maiolas (castañas pilongas), alimento esencial en otros tiempos aunque hoy en día aceptan dinero contante y sonante de mejor grado.

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Levántate Maio
que tanto domiche
xa pasou o cuco (o inverno)
e non o sentiche.

Tire maiolas,
señora María,
tire castañas
que as ten na cociña.

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Los Mayos animados, dependiendo de la generosidad del donante, rematan con uno u otro de estos estribillos: “esta casa es de ferro, onde vive un cabaleiro“; o bien, “esta casa es de lousa, onde vive una roñosa“, con esa fala propia de la tierra.

Sin más demora se adentra, dejándose llevar por su inseparable acompañante, en la comarca gallega de Valdeorras, pizarrera y vinícola. Y embriagado por la emoción o más bien por los caldos de la tierra, se anima y se pone a canturrear con los Tamaras:

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“Vou subindo montañas,
cruzando valles,
sempre cantando,
o verde me acaricia
porque a Galicia
xa estou chegando…”

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Pero se olvida del “paragüitas por si la lluvia me va mojando” porque esta vez, en contra del tópico, no es la lluvia sino un sol radiante el que lo espera y le obliga a despojarse de su atuendo invernal para presentarse ante la primavera con todos los honores.

En El Barco de Valdeorras, los mayos presentan una estructura cónica o piramidal  cubierta con ramajes de retamas, hinojos y otras yerbas que a la sazón lucen sus mejores galas: decorados con guirnaldas de flores silvestres, collares de agallas de roble, etc.  siendo estos los más tradicionales o enxebres. También los hay que reproducen cualquier figura, llamados figurativos o artísticos normalmente adquieren forma de cruz o cruceiros, revestidos con los mismos motivos vegetales.

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El viajero se recrea contemplando la exuberante profusión de mayos con sus correspondientes mayas, niñas y jóvenes vestidas de blanco y coronadas de flores, que simbolizan y encarnan la primavera.

También asiste a una demostración de artesanía popular y oficios tradicionales al aire libre. Y  observa a las palilleiras tejiendo sus encajes de bolillos, al afilador con su rueda de amolar entre otros que le traen recuerdos de su remota infancia… Para terminar reponiendo fuerzas en una pulpería, allí mismo instalada, con la ingestión de una contundente ración de pulpo a feira que le sabe a gloria.

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Transitoriamente abandona el curso del río que vió nacer allá en la alta Babia. Y en su incesante caminar, se desvía hacia la comarca de O Bolo. En Viana oye hablar de los maios: jóvenes que recorren las aldeas cubiertos con musgo, hiedra y flores, mientras la gente les echan castañas pilongas desde la ventana; pero de ello apenas queda el recuerdo en algunos vecinos. Costumbre semejante a la que presenció en tierras bercianas.

Aquí ven o maio
vestido de flores
Ahí ven san Xuan
que as trae mellores.

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Aludiendo de paso a otra costumbre popular relacionada con el culto al reino vegetal y la exaltación del amor como es la de los ramos y enramadas: Estás últimas formadas por ramilletes floridos que los mozos colocan en las puertas y ventanas de las muchachas a las que pretenden durante la noche de San Juan (noite meiga) o para espantar a los malos espíritus. Y a la recogida de hierbas con carácter medicinal y mágico (hacer hechizos o protegerse de ellos), coincidiendo con  el solsticio de verano o apogeo del sol, con las hogueras como rito principal:

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Salto por en riba
do lume do San Xuan,
para que non me trabe
nin cobra nin can.

(Salto por encima / del fuego de San Juan, / para que no me muerda / ni culebra ni perro.)

Como el viajero no dispone de mucho tiempo, coge el pendingue porque quiere llegar a Verín esta misma tarde para dirigirse a la vecina Laza. Poblaciones ambas que ya visitara con ocasión de sus vistosos y afamados carnavales con los cigarrons y peliqueiros como protagonistas.

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Pero estamos en mayo y los turbulentos  carnavales quedaron atrás entre las brumas del invierno, ya pasada la lánguida cuaresma seguida de la Semana Santa. Y Laza, pueblo amante de sus tradiciones y ejemplar en este sentido, se dispone ahora a celebrar con gran solemnidad las fiestas de la Cruz de Mayo. Fiestas que se inauguran con la elevación del “maio” (el mayo), un pino que cortan los mozos en el bosque, el más alto y esbelto que encuentran y que arrastran en un carro hasta el pueblo, después de despojarlo de sus ramas bajas dejándole un cogollo o penacho frondoso en la picota que decoran con cintas y banderines. Si no es lo bastante alto, como en esta ocasión, le empalman otro con el fin de competir en altura con el del año pasado. Finalmente lo elevan y plantan al atardecer con el concurso de toda la mocedad.

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Allí entabla conversación con un vecino. El cual tras observarlo con la curiosidad y recelo que despierta todo vagabundo, le pregunta que si es peregrino. Por aquí pasa el camino de Santiago que, por Sanabria y tras salvar los puertos de Padornelo y de La Canda, dirige a los caminantes procedentes del sur cruzando la cálida y entrañable tierra extremeña por la antigua calzada romana hoy conocida como Ruta de la Plata. Así que lo primero que le preguntan es que si va de peregrinación a Santiago.

Se trata de un maestro jubilado que sabe hasta latín, pues según le manifiesta se licenció en lenguas clásicas. Aunque natural de Salamanca, se casó con una gallega y fijó su residencia en estos lares. Por tanto el “peregrino” se encuentra en su salsa, hablando de latines, jubilación y tradiciones populares con él, que le explica el significado de la ceremonia que se dispone a presenciar.

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 Y el viajero, convertido ahora en improvisado peregrino, asiste a la plantada y elevación del pino tomando fotografías del evento antes de que la noche se eche encima.

La fiesta culmina el día tres por la mañana, según le relatan, con la procesión del Santo Cristo, cuando la banda de música recorra el pueblo para recoger a los participantes en los festejos y finalmente se dirige hacia la plaza de la Picota a buscar a Eva, una moza soltera de la localidad que ha sido elegida en secreto hasta que hace su aparición, vestida de blanco, con una guirnalda vegetal en la cabeza y flores adornado su vestido, una rueca en una mano y un cestillo de frutas en la otra.

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Después tiene lugar una curiosa representación tras la cual continúa la procesión y, llegados al atrio de la iglesia, hay una última danza. Allí se reparte también entre los danzantes la “rosca”, dulce de la zona que se lleva en la procesión junto a un ramo de laurel adornado con cintas, lazos y naranjas.

Nos encontramos, le explican, ante la supervivencia de una pareja pagana, el mayo y la maya, aquí y ahora cristianizada como Adán y Eva. La fecha elegida, el alzamiento del árbol y el énfasis de los motivos vegetales en el vestuario de Eva, relacionan la función con antiguos ritos precristianos que festejan y propician la fecundidad y la renovación primaveral del ciclo de la vida.

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Pero el viajero no puede presenciar el acontecimiento porque el día 3 quiere llegar a Orense y se conforma con la descripción de su espontáneo y amable compañero. Cuando se dispone a abandonar el lugar, llama su atención esta desgarradora declaración como despedida: “Dejaré de mirarte pero no de quererte, hasta siempre pequeño corazón cobarde”.

Pero el marinero en tierra no está dispuesto a dejar el corazón anclado en ningún puerto: por eso hace oídos sordos a los cantos de sirena y se bate en retirada reanudando el camino de momento a pie como un auténtico peregrino sin volver la vista atrás.

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En esto lo alcanza otro que le pregunta si falta mucho para el próximo albergue, pero el espontáneo caminante, no conoce mucho el terreno que pisa y no sabe responderle con la precisión que quisiera. El recién llegado tiene gana de charla y le cuenta su vida y milagros; entre tanto le pregunta que de dónde es y el viajero le contesta que es de Extremadura. “¿De qué pueblo?”. Y para su sorpresa, le describe con pelos y señales su tierra y su lugar de nacimiento: “Allí bien plantao en lo alto, al amparo de un castillo encaramado en un risco, con las calles de esta manera y de la otra, con las casas así y asao…” Finalmente, se despide cariñosamente con un “¡adiós, corito, que todo vaya bien!” Y el corito le anima con el saludo de los peregrinos: ¡Ultreya! (adelante).

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Ya puesto de nuevo en verea, y tal como le marca su hoja de ruta, enfila hacia la comarca conocida como Ribeira Sacra, denominación que se debe a los numerosos monasterios y templos que jalonan la zona ubicados en las laderas de los escarpados cañones por donde discurre el Sil, su fiel guía y compañero, que abandonara durante cierto trecho y que por estos recónditos parajes vuelve a encontrar, antes de juntarse con el padre Miño en Os Peares, donde también se detiene contemplando el espectacular paisaje.

Orense, ya a tiro de piedra, lo espera venerable y vetusta como el puente de piedra por donde se adentra en la ciudad, que salva el río gallego por excelencia.

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A la ciudad de las Burgas (“En Ourense, bon vino e auga quente”) llega, como tenía previsto, el día 3 de mayo, con un sol radiante que realza la alegría de la fiesta. Y mezclado con el paisanaje, el viajero se dispone “para celebrar el esplendor de la vegetación en primavera”, como antaño celebraron los antiguos habitantes de estas tierras:

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Porque sabe por boca de su entendido amigo mientras cataba una taza de ribeiro que «los celtas dividían el año en dos periodos de seis meses, dos estaciones relacionadas con sus creencias sobre los dos mundos: uno de luz y otro de sombra. La estación luminosa comenzaba en mayo y se cerraba en noviembre, dando paso a la parte oscura del ciclo anual con fiestas que perviven en las actuales de Halloween o en la cristianizada de Todos los Santos, con los magostos gallegos y chaquetías o tosantos extremeños, reuniones festivas alrededor de una hoguera en la que se asan castañas. Por otra parte, los romanos de clima más cálido alargaban la estación luminosa y creativa (vera) en la que distinguían dos fases: Prima vera y veranum tempus, de la misma raíz (ver-) indoeuropea relacionada con la regeneración y el crecimiento como verdor y vergel.

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En la antigüedad clásica el 3 de mayo ponía fin a las floralias, festivales iniciados ya en abril en honor de Flora soberana de las flores de eterna juventud; el propio mes debe su nombre a Maya a quien estaba dedicado. En honor de estas diosas protectoras de la floración y la fertilidad se celebraban lujuriosas fiestas y solemnes procesiones con fama de licenciosas».

Por eso los mayos y las mayas, sean humanos o inanimados, se cubren simbólicamente con toda clase de vegetación y tienen al árbol, a las flores y a la poesía como protagonistas. Dando lugar a versos improvisados para la ocasión:

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Aquí ven o maio
cargado de flores,
Aquí ven o maio
sementando amores.

Aberto de brazos
parece o cruceiro
que baila a muñeira
o son do pandeiro.

Unha flor moi linda
díxome ó oído
xa veñen os maios
co seu colorido.

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Y otras como las que oye entonar a unas jovencitas en torno a un mayo (este reproduce un cruceiro) de los muchos expuestos en una céntrica plaza orensana, animada por la música de una banda de gaitas.

Sea neolítico, celta o romano el origen de las fiestas, todas las civilizaciones, con la llegada del buen tiempo, tuvieron al árbol y a las plantas en general  como objeto de sus cultos desde los albores de la humanidad. Celebraciones que, ahogadas por el progreso y el ajetreo de la ciudad, son ya un pálido reflejo, el eco mortecino de otras épocas en la que el hombre sentía el latido de la naturaleza y vivía en armoniosa sintonía con ella.

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Con la cristianización el árbol, símbolo de la naturaleza, será suplantado por la cruz, símbolo del cristianismo en la que murió para resucitar (tambien en primavera) el propio Jesucristo para redimirnos de las tinieblas del pecado. El árbol de mayo transformado en árbol de la cruz o cruz árborea (ramificada y florecida), tras un proceso de sincretismo que enlazan  las sureñas y coloristas fiestas de la cruz con los primitivos rituales consagrados a celebrar la la llegada de la estación luminosa y con ella la regeneración de la vida.

El viaje ha llegado a su fin y el viajero emprende el regreso volviendo sobre sus pasos hasta los montes de Somiedo sin abandonar el curso del río que tantas sensaciones y vivencias le ha proporcionado en este breve pero provechoso periplo, mientras suspira con su querida Rosalía:

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Adiós, ríos; adiós, fontes;
adiós, regatos pequenos;
adiós, vista dos meus ollos:
non sei cándo nos veremos.

Pero con las fuerzas agotadas, baja la guardia y no puede evitar el ataque por sorpresa de la añoranza ni esquivar el zarpazo de la melancolía al recordar que estamos a 3 de mayo: Día de la Invención de la Santa Cruz. Y evocar que, a esta misma hora, por las tortuosas y empinadas calles de algún remoto y altivo pueblo extremeño de más temprana, radiante y dilatada primavera (que por estas umbrosas latitudes de fugaces candilazos), discurre cerrando el cortejo de otras muchas, una cruz dorada, deslumbrante de rayos y espejuelos, ataviada de flores y conmovedora en su paradisíaca belleza. Una cruz que llena de gozo el aire diáfano y los corazones de los hombres y mujeres que salen a su encuentro con canciones que resuenan en sus oídos como una caricia:

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Cruz bendita de mayo,
a veros vengo
con el alma y la vida
que más no tengo.

Tú eres la insignia
la más hermosa,
que el día tres de mayo
te cubres de rosas.

Oh árbol fecundo,
árbol más dichoso,
por haber tenido
cuerpo tan hermoso.

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Sacrosanta insignia, árbol de la vida (“Hermano, abraza tu Cruz; que es un madero en flor”) que simboliza y proclama a los cuatro vientos el triunfo de la fe cristiana sobre los viejos, nebulosos y ancestrales mitos paganos como aquella que, resplandeciente, apareció en el cielo de Puente Milvio antes de la decisiva batalla: “Con esta señal vencerás”.

© Juan-José Becerra Ladera

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Ser en la vida romero

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INICIOSUBIR

Renaciente maravilla

Salamanca

Salamanca

RENACIENTE MARAVILLA

Salamanca, Salamanca,
renaciente maravilla,
académica palanca
de mi visión de CastilIa.

Oro en sillares de soto
de las riberas del Tormes;
de viejo saber remoto
guarda recuerdos conformes.

Hechizo salmanticense
de pedantesca dulzura;
gramática del Brocense,
Bordón de literatura.

¡Ay mi Castilla latina
con raíz gramatical,
ay, tierra que se declina
por luz sobrenatural!

Miguel de Unamuno

Salamanca

SALAMANCA

Sí, yo podía describiros esta ciudad y ejercitar mi mayor o menor virtuosidad en la descripción literaria. Podría deciros cómo esta ciudad de Salamanca, asentada en un llano, a orillas del Tormes, es una ciudad abierta y alegre, sí, muy alegre. Cómo el sol, que sobre ella brilla, ha dorado las piedras de sus torres, de sus templos y sus palacios, esa piedra dulce y blanda, que recién sacada de la cantera se corta como el queso, a cuchillo, y luego, oxidándose, toma ese color caliente, de oro viejo, y cómo a la caída de la tarde es una fiesta para los ojos y para el espíritu ver a la ciudad, como poso del cielo en la tierra, destacar su oro sobre la plata del cielo y reflejarse, desdoblándose, en las aguas del Tormes, pareciendo un friso suspendido en el espacio, algo de magia y de leyenda.

Podría hablaros del follaje de piedra de sus fachadas,  de la riquísima ornamentación de sus tallas platerescas y de cómo nació aquí el plateresco. Estilo, sin duda, recargado, gongorino, aunque no tanto como el manuelino portugués. Aquí, en esta misma Universidad, junto a la cual estoy escribiendo, hay una fachada del siglo XVI, que se les invita y enseña a admirar a los visitantes y turistas; pero yo prefiero otros más antiguos y más ingenuos adornos que dentro de ella, a su entrada, hay en el techo. La fachada es más talla que arquitectura y peca de profusión. Prefiero los encantadores patriarcas –Abraham, Salomón, David, Daniel– que cierran las nervaturas de las bóvedas. Eso sí, la fachada se abre a un patio exterior que es un encanto y un consuelo. Luego que ha cesado el vocerío estudiantil, cuando están cerradas y mudas las aulas, en horas o en días de vacación, sobre todo en las tardes lentas del verano, ese patio de las Escuelas Menores, con su broncíneo fray Luis de León en el centro, sobre su pedestal, con un eterno gesto de apaciguamiento, es algo que habla al alma de lo eterno y lo permanente. No doy por nada del mundo ese patio, henchido en su silencio de rumores seculares, ese patio sin ruido de tranvías ni de ferrocarriles ni de vana agitación humana.

Si queréis bullicio, aunque bullicio moderado y tranquilo y cotidiano, y casi diré doméstico bullicio como aquel con que los niños llenan un hogar, acudid en esta ciudad de Salamanca a su hermosa plaza Mayor, una de las plazas más armoniosas, según me decía el arquitecto  alemán Jürgens. Una plaza cuadrada -es decir, un cuadrilátero, no un cuadrado- con sus soportales y toda  llena de aire y de luz. Una tarde, paseándonos los dos por ella, me decía mi amigo el gran poeta peninsular, o mejor ibérico, Guerra Junqueiro: «Me gusta esta plaza porque en ella la muchedumbre tiene movimientos rítmicos». Y, en efecto, circulan bajo sus soportales los hombres y las mujeres en dos filas, separados, dándose cara, ellos hacia la parte de fuera, en el sentido del reloj, ellas por la parte de dentro, en el otro sentido. Y hay algo de litúrgico en este circular -mejor sería decir «cuadrar»- de las gentes de la ciudad por su plaza. Salmantino hay que puede decirse que vive en ella. Es el principal mentidero de la ciudad; es también su principal escuela de haraganería. Y sin molestias de tranvías.

Fue el mismo Guerra Junqueiro quien otra vez me dijo: «Feliz usted que vive en una ciudad por muchas de cuyas calles se puede ir soñando sin temor a que le rompan a uno el sueño». Hay viejas calles, como la de la Compañía, al pie de palacios y templos dorados por los soles de los siglos, en que uno puede ir soñando en una España celestial, colgada para siempre de las estrellas.  Y hay un rincón, junto al convento e iglesia de las Úrsulas, entre álamos que allá en la primavera, cuando brota en ellos el tierno plumoncillo de las hojas nuevas, nos da la sensación de que el tiempo se detiene y remansa en la eternidad, de un pasado que es a la vez un porvenir, de una puesta de sol que se confunde con el alba.

Y los sotos de las orillas del río, con su verdura discreta y sobria, sin esa lujuriosa exuberancia de los países de selva, con esas dulces perspectivas virgilianas u horacianas. Ha sido en paisajes así, limitados, sencillos, al parecer pobres, donde ha nacido la poesía eglógica. Aquí se inspiró fray Luís de León. Y los que hablan de la fealdad del campo castellano no saben lo que se dicen. Tienen la vista vulgarizada por los cromos de comedor de fonda.

Y como los frescos sotos de las márgenes del rio, son los sotos de columnas de estas iglesias y estas catedrales  –pues aquí hay dos–. También estos bosquecillos de columnas, con su pétreo follaje de capiteles, con sus bóvedas que se cierran, dejan correr por medio de ellos un cauce, aunque de aguas invisibles. Cuando el órgano resuena se oye el rumor de esas aguas del espíritu. Y en medio de la catedral vieja, la románica –ya a comienzos del gótico–, la medioeval, entre sus fuertes columnas elefantinas, se ve cómo nació la patria. Y allí se sueña con aquel bravo obispo don Jerónimo, el francés, del Perigord, el coronado que vino de la parte de Oriente, según reza el viejo Cantar de Mío Cid, el que acompañó a Rodrigo Díaz de Vivar en su conquista de Valencia, el que le pedía le otorgase las primeras acometidas, aquel obispo que quería mojar su lanza en sangre de moros y cuyos huesos, tan molidos un tiempo, descansan hoy aquí, en Salamanca. Y cerca de donde descansa el viejo y negro Crucifijo que el Cid llevaba en sus campañas, el Cristo de las batallas. ¡Cuántas cosas no dice ese Cristo de las batallas, que tantas arrancadas presenciara!

De la vieja leyenda nigromántica y alquímica de esta ciudad, de lo que ha hecho que el nombre de Salamanca signifique lo que significa en apartados rincones de esa tierra americana –¡la Salamanca!– de esa, ¿qué he de deciros? Aún discuten aquí dónde se encontraban las famosas cuevas en que el marqués de Villena se dedicaba a sus brujerías y encantamientos.

¿Y qué de la Salamanca de La Celestina y de la de El estudiante de Salamanca de Espronceda, con su calle del Ataúd, que hoy lleva otro nombre? Estudiantes, aunque no como aquel, aún quedan, y Celestinas me parece que también.

Miguel de Unamuno: Andanzas y visiones españolas

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